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Madrid sábado 22. LIV Reunión de Amigos de la Ciudad Católica. La comunidad política: organización y ordenamiento t.co/1FlPuufsri

Mártires de la Tradición 2013: discurso de José Miguel Gambra

Podría pensarse que, al hablar de mártires de la tradición, Carlos VII empleaba un lenguaje hiperbólico, o exagerado, con la pretensión de exaltar las virtudes heroicas de sus soldados. Para el martirio en sentido propio, se exige la muerte por Jesucristo, pero también se engloba en esa categoría la muerte y el padecimiento por el bien de la ciudad, si por Dios se hace. Porque, como dice Santo Tomás:

El bien de la república es el más alto de los bienes humanos. Pero el bien divino, causa propia del martirio, es más excelente que el humano. Sin embargo, como el bien humano puede hacerse divino al referirlo a Dios, cualquier bien humano puede ser causa de martirio en cuanto referido a Dios (S.T. II-II, q.124, a.5, ad 3).

Carlos VII tenía, pues, fundadas razones teológicas para aplicar el nombre mártires a los que vio morir al grito de  ¡Viva la Religión!, ¡viva España!, ¡viva el Rey! Lo cual, sin dudarlo, se hace extensivo a quienes, sesenta años después, morían al mismo grito en la Cruzada del 36.

A esos mártires les tenemos que rendir un culto y respeto piadoso análogo al que debemos a nuestros padres y a la patria, pues, si es verdad lo que decía Tertuliano: Sanguis martyrum semen christianorum (la sangre de los mártires es semilla de cristianos), ellos han sido la semilla que ha permitido, durante 180 años que el carlismo renazca y florezca una y otra vez, cuando se creía que estaba definitivamente muerto. La sangre derramada en los campos de batalla es signo de muerte y acabamiento; pero cuando es sangre de los mártires, según la metáfora de Tertuliano, tiene la virtud de reproducir una vida que se daba por terminada. El carlismo debe sin duda a esa sangre su asombrosa pervivencia; pervivencia que ha pasado por épocas sombrías de aparente agostamiento. Con mis palabras quisiera presentar la revitalización de la CT en nuestro siglo como un efecto de esa virtud reproductora que tiene la sangre de nuestros mártires.

Conocida es la historia: En la guerra de 1936 los carlistas lucharon, murieron, se sacrificaron, vencieron y ese fue el inicio de su decadencia más profunda. Los carlistas afrontaron victoriosos las balas pero, cosa muy propia de ellos, flaquearon ante el maquiavelismo de la política.

Con todo, el carlismo veinticinco años después todavía era un árbol frondoso que movilizaba cien mil personas en Montejurra. Pero, por entonces, ya estaban en obra conjuntamente las dos plagas que casi acabaron con su vida: la traición de la clerecía modernista, que arrastraría consigo casi por completo las regiones del norte más profundamente carlistas, y la defección de don Carlos Hugo que, rodeado de una caterva de secretarios ajenos a la tradición, entregó el ingenuo pueblo carlista a comunistas y separatistas; y convirtió la sagrada jornada de Montejurra en repugnante aquelarre de los peores enemigos de la religión y de la patria.

En la heroica jornada del Montejurra del 76, S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, secundado por Márquez de Prado y un puñado de valientes, se mostró digno heredero de sus mayores e intentó reconquistar el viacrucis para devolverle su carácter de homenaje y sufragio por los carlistas que allí murieron. De nuevo, el maquiavelismo de las autoridades de la transición hizo que el resultado no fuera el que se deseaba, pero no por ello fue menos meritoria aquella ocasión, en la cual, quienes no estuvimos hubiéramos deseado estar.

Desde esa época aciaga quedó el pueblo carlista como un árbol quemado cuyas cenizas esparce el viento. Sobre sus restos nacieron plantas y líquenes que apenas recordaban nada de su pasada grandeza. Partiendo de la doctrina carlista, que se compone orgánicamente de las cuatro partes de nuestro lema, se pueden catalogar las múltiples desnaturalizaciones que siguieron a esos años: se fijaron unos sólo en la patria y acomodaron el carlismo al estatismo caudillista; quedáronse otros sólo con los fueros y convirtieron el sociedalismo en separatismo o socialismo, cuando no en ambas cosas a la vez; en fin, no faltaron los que, comprendiendo mal  la primera parte del lema, convirtieron el carlismo en cofradía clericaloide, con dejes de democracia cristiana.

A finales de siglo, el carlismo parecía definitivamente muerto. Sin embargo, tras la defección de su hermano, S.A.R. había mantenido en acto la reclamación de los derechos sucesorios frente al usurpador y la semilla de los mártires permanecía intacta en la cabeza de unos cuantos hombres. Esto bastó para que reviviera el Carlismo. En 2001 el Abanderado de la Tradición reestructuró la Secretaría Política y nombró Jefe Delegado a Rafael Gambra, que en paz descanse; y la Comunión Tradicionalista reemprendió su andadura. De los llamados carlismos sólo ella ha sido capaz de mantener en su integridad los principios intangibles de la legitimidad que sintetizara  S.M.C. Don Alfonso Carlos,  como formulación explícita del lema de Dios Patria, Fueros y Rey.

Desde entonces, la ComuniónTradicionalista ha llevado a cabo una labor doctrinal inmensa por medio de la Fundación Elías de Tejada, el Consejo Felipe II y los círculos en las diversas regiones. Las publicaciones, congresos y conferencias han permitido recomponer, defender, actualizar y perfeccionar una doctrina que había sido destruida en sus más profundos cimientos durante las cinco últimas décadas del pasado siglo.

La difusión de todo este trabajo, por los exiguos medios de que dispone la Comunión, ha producido resultados a veces sorprendentes, como la formación de importantes movimientos carlistas en las Españas de ultramar y en la Península Italiana. Y, también en los reinos peninsulares, se puede decir que quien quiera conocer un carlismo, pasado por la forja del enfrentamiento a las nuevas teorías y circunstancias políticas, sabe hoy dónde ha de buscarlo y cada vez son más los que se acercan a la Comunión con esa finalidad.

Evidentemente esta intensísima labor doctrinal de reconstrucción y de propagación doctrinal tenía que topar, no sólo con el odio de los enemigos seculares del tradicionalismo, sino también con la incomprensión de cuantos, de una u otra manera, se consideraban sus herederos. Herederos cuya mala conciencia se despierta ante la firmeza de la Comunión Tradicionalista. Sus reconvenciones se basan invariablemente en alguno de esos errores modernos, que se cuelan en los intersticios de nuestra mente, casi sin notarlo.

Unos, los más alejados, dicen que vivimos anclados en soluciones anticuadas y por tanto infecundas. ¡Qué tontería! Verdad es que todo el carlismo se funda en los principios de teoría política viejísimos. Pero también la arquitectura recurre a los principios de geometría enunciados por Euclides hace 2300 años y, si no se atiene a ellos las construcciones se caen sobre sus moradores. Análogamente los principios de la comunidad política, que enunció Aristóteles y enalteció Santo Tomás conforme a las enseñanzas de la Iglesia, expresan el orden natural de la sociedad, cuyo desprecio impide que la ciudad alcance su finalidad y pronto decae y muere.

Quienes nos critican por anticuados se han dejado seducir por la idea del carácter convencional y artificioso de la organización social, y por la concepción evolucionista dominante en los dos pasados siglos, de modo, que a su juicio, no hay principio natural alguno al que la sociedad deba atenerse obligatoriamente.

Otros nos achacan una supuesta exclusividad interesada que, según ellos, nos impediría formar una unidad con los restantes grupos que trabajan por la patria o por la religión. Más o menos explícitamente, nos acusan de mantener un chiringuito político por deseos de poder personal y nos recomiendan dejar lo que califican de caprichosas peculiaridades, para quedarnos con lo esencial y favorecer la unidad.

Siguiendo tales consejos vemos cómo, incluso los más próximos a nosotros, aplauden cualquier intento de lograr lo que llaman unidad (que más bien debería llamarse aglomeración) con estos o con los otros, en torno a unos principios no negociables, como si los principios pudieran serlo.

A estos tales les diría que la esencia del verdadero carlismo está en la defensa orgánica, o sistemática, de todos sus principios y que carece por completo de sentido la pretensión, hoy de moda, de de prescindir de este principio, sí, y de este otro, no. Viene a ser como si dijéramos al constructor: “déjese de tonterías: ¿por qué hemos de mantener la estúpida restricción del quinto postulado de Euclides que pretende que por un punto sólo hay una paralela?”. O “¿ángulos rectos de 90 grados? ¡Vaya lata! ponga usted 100, que los cálculos salen más redondos”. Si así hiciéramos, sería de ver cuánto dura la casa.

A la postre aquí también se manifiesta un desfallecimiento doctrinal, pues quienes andan en tales manejos siguen la moral americana y protestante del éxito aquí y ahora; de un éxito del que podamos disfrutar en vida, aún a costa de los principios. A esos tales yo les recordaría la moral de la cruz, les recordaría que, en el Reino de Dios, los últimos serán los primeros, o, como decimos los carlistas, que ante Dios no hay héroe anónimo.

Otros más, estos ya no primos, sino hermanos e hijos, nos espetan, una y otra vez, que carecemos de acción política y que nos hemos quedado en el terreno doctrinal y académico. Se trata de una crítica benevolente y constructiva que, sin embargo, también merece una respuesta: la Secretaría Política, tras la debacle doctrinal del siglo pasado, se ha centrado en lo más importante y urgente. Ha fijado las metas y los principios, ha eliminado errores y ha expuesto el carlismo verdadero a los cuatro vientos, lo cual no le ha impedido hacer  numerosos actos públicos y organizarse más perfectamente.

En el fondo aquí también late una disfunción teórica que nos ha invadido inconscientemente y que podríamos llamar “el espíritu del ciudadano”. Este espíritu, que crece bajo los regímenes estatistas de uno y otro signo, cree que toda la acción política debe recaer sobre el poder central. Un siglo de despotismo absolutista, más de siglo y medio de despotismo democrático y un buen número de décadas de despotismo dictatorial, han producido la idea de que el único sujeto de acción política es el Estado y, en nuestro caso, mutatis mutandis, de la Secretaría Política.

Frente a estas críticas hemos de atenernos al principio mellista de “más sociedad y menos estado”. Lo cual, aplicado a nuestras circunstancias, conlleva reconocer la responsabilidad de todos y cada uno, así como la libertad de agruparse para obrar en favor del bien común. Eso sí, con la coordinación de la Secretaría y contando con la ayuda que pueda prestar.

No debemos, ni podemos, hacer política de partido. No hemos de enzarzarnos en alianzas, ni buscar palabras para decir lo que hoy gusta y lograr así votos a cualquier precio. En ese terreno no podemos vencer; y, además, sería estúpido intentarlo cuando el sistema democrático se derrumba a ojos vistas. No contar votos sino convencer. Convencer de que la sociedad debe recuperar su soberanía; de que debe reivindicar la autonomía y la libertad de asociación para el bien común en todos sus estratos; y de que debe reclamar los cauces verdaderos de la representación bajo el poder, efectivo pero limitado, del soberano legítimo. Ese es nuestro trabajo primero. Hay mucho por hacer y la Comunión puede sugerir, ayudar y brindar su estructura política para encauzar cuanto de bueno pueda hacerse por la causa. Pero nadie espere que la Secretaría Política absorba la vitalidad natural del carlismo. Ni puede, ni quiere, ni debe.

No deseo extenderme más en la defensa de la Comunión Tradicionalista. Me basta, a modo de colofón, con afirmar que ha conservado la semilla regada por la sangre de nuestros mártires, de la cual, si perseveramos, nunca puede brotar la mala hierba. Y, con su difusión, ha plantado un huerto que, D. m., se multiplicará y fecundará el carlismo potencial, todavía existente en las Españas, hasta convertirlo en frondoso bosque. La ambición globalizadora del sistema parece conducirle a pasos agigantados hacia su decadencia final; y, mientras tanto, crece la conciencia de que las enormes zarzas del liberalismo, que ahogaban nuestra acción, ya no dará sino amargos frutos de pobreza y esclavitud, cuando lo que prometían era bienestar y libertad. Estos hechos abren las puertas a la esperanza de un cercano renacimiento. Pero, si no es así, transmitiremos el legado y esperaremos cuanto haga falta y Dios permita.

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