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María de las Nieves de Braganza y Borbón: Mis Memorias

Añadimos hoy a nuestra biblioteca carlista la primera parte de las memorias de Doña María de las Nieves de Braganza y Borbón. Aparte de una importante fuente historiográfica de la Tercera Guerra Carlista, estas memorias nos dan una idea del talante que casi universalmente tuvieron las reinas de la Dinastía legítima. Apenas unas semanas después de su boda —en plena luna de miel, como hoy dirían— su esposo, el por entonces Infante Don Alfonso Carlos, fue llamado por su hermano el Rey Don Carlos VII para que se hiciera cargo del Ejército de Cataluña. No pueden contarse de ella desgarradoras despedidas ni lánguidas esperas, porque sencillamente acompañó a su marido durante toda la campaña. Cabalgó a su lado en las batallas, participó de la alegría en la victoria y del pesar de la derrota, se interesó por cada escaramuza, cuidó a los heridos y nunca se arredró ante los horrores de la guerra. Llama a su esposo «mi Alfonso», lacónica y elocuente muestra de afecto. Pero nada más lejos de ella que el ideal victoriano de la mujer sentimental y ligeramente estúpida, dada a romanticismos ñoños, cuando no dudosos, que adoptaron las damas de la usurpación. Más que de reina o infanta, su espíritu era el de las madres y esposas carlistas, sin cuya entereza, poco habría hecho el Carlismo. Mártires aún más que los combatientes, ellas enardecían a sus maridos e hijos para que se alistaran en los ejércitos carlistas diciéndoles: «Si mueres, hijo mío, ¡alabado sea Dios!, seré madre de un mártir»; y cuando recibían sus despojos, levantando los ojos al cielo clamaban: «¡Y todos los hijos te daré, Dios mío, si es preciso!». No son inventos literarios, sino testimonios contrastados (Cf. Manuel de Santa Cruz, Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español 1939 – 1966, t. 10, 211-213).

Si heroicas fueron las mujeres del Carlismo, no se quedaron atrás sus reinas. Como esposas siempre acompañaron a los reyes en sus penalidades, en sus confinamientos y destierros sucesivos. En la guerra, se desvivieron cuidando a los voluntarios heridos, como Doña Margarita de Borbón Parma, esposa de Carlos VII, cuya entrega le valió el sobrenombre de «Ángel de la Caridad». Como reinas, dejaron a un lado sus afectos, para dar muestra de una firmeza que ya quisieran para sí muchos varones. En su Carta a los Españoles, la Princesa de Beira zanjó las perplejidades producidas por la defección de Don Juan, el hermano de Carlos VI, con la contundencia de estas palabras: «El monarca de España no tiene derecho a mandar sino según religión, ley y fuero». No menor entereza mostró Doña Magdalena de Borbón, cuando se vio en la triste obligación de denunciar los turbios manejos de su hijo Carlos Hugo durante la última enfermedad de su esposo el Rey Don Javier I.

Doña María de las Nieves en la batalla de Alpens. Julio de 1873

Con gusto se dejan leer estas memorias que narran vívidamente una importante página de la gesta carlista. De su trasfondo emerge la personalidad de su augusta autora que ejemplifica las virtudes de las mujeres carlistas. Nada en su actitud recuerda la guerra feminista de los sexos, pero tampoco se limitaron a ser «reinas de la casa» y menos aún a ser el descanso del guerrero como pretendiera Nietzsche. Su norma de comportamiento ni se desentendía ni quedaba condicionado exclusivamente por el sexo que, según Aristóteles, no es más que un accidente inseparable del hombre, pero no constituye su especie. Al contrario, como católicas ejemplares no se dejaron influir por los vaivenes ideológicos de la época moderna, y fijándose en el fin común de todo hombre, sea hembra o varón, hicieron, desde su condición y sus circunstancias, cuanto la ley de Dios permite para alcanzarlo.

Para acceder al libro pinche aquí: MemoriasMariadelasNieves.pdf

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