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Licitud moral del uso de la violencia física. Artículo de Manuel de Santa Cruz

Cuando aún no nos habíamos repuesto del disgusto de los nuevos apoyos al laicismo del Papa Francisco I en su reciente discurso a los dirigentes del tratado de Roma (ver S.P’ de 16-IV-2017, pág.16), la gran prensa nacional española nos informa de unas palabras del mismo Papa dichas en la emblemática gran mezquita suní de El Cairo, el día 28 de abril (prensa del 29) y en sus encuentros con otros dirigentes mahometanos. Esas palabras son: «repetimos un “NO”, alto y claro a la violencia en nombre de Dios». Confirman otras declaraciones suyas anteriores y reafirman, todas, su teoría de que no se puede usar la violencia física en nombre de Dios. ¿A quién van dirigidas esas palabras: a los cristianos, a los moros o a todos? Las posibles respuestas parecen oscuras y confusas, como el mismo hecho de no pronunciarlas en una catedral (ex cathedra) sino en una mezquita y cortejado de imanes en vez de cardenales.

No voy a caer en la ingenuidad de señalar la contradicción de esa teoría con otras abundantes del Antiguo Testamento (Macabeos) y ya en el Nuevo Testamento con el capítulo 13 de los Hechos de los Apóstoles, que informa del castigo divino al mago Elima por entorpecer la evangelización del Procónsul Sergio por San Pablo. Toda la historia de la Iglesia está cuajada de opiniones contrarias a estas del Papa Francisco. Todos los católicos celosos de su deber de guardar ese Depósito deben ya inmediatamente exhumar textos y episodios del servicio de la violencia física a la salvaguarda de la Iglesia. Corrigiéndose precisamente de la manía de delegar en otras personas. Y divulgar esos textos contraponiéndolos a las opiniones pacifistas de Francisco I.

La cuestión se desplaza a otra, a la de saber cuánto y cómo obligan en conciencia ciertas palabras del Papa, de cualquier Papa a los fieles. Ese es el nudo de la cuestión que ya afloró en cuanto el Concilio Vaticano II con su Declaración sobre la Libertad Religiosa, produjo largos y dolorosos desvelos a muchos católicos españoles que habían luchado contra «la libertad de cultos» falsos. Los que entonces dirigían la Comunión Tradicionalista buscaron afanosamente un dictamen sobre la obediencia al Papa. Les costó mucho encontrarlo, porque todos los teólogos más o menos famosos de la época escurrían el bulto. Finalmente, y no sin curiosas dificultades, consiguieron que lo hiciera el Padre Eustaquio Guerrero, hoy fallecido. Fue impreso y divulgado por la Jefatura del Requeté de Granada.

Distinguía aquel dictamen que hay en el magisterio Papal unas manifestaciones «infalibles» que obligan a todos siempre y en todo lugar y circunstancias, y otras formas de magisterio, «ordinario», del que no se puede disentir caprichosamente, pero sí que se puede contestar después de maduro estudio y con el debido respeto. Este es el caso de sus apoyos al laicismo y a la «no violencia».

Los que tenemos el fideicomiso de seguir manteniendo las tesis por las que murieron miles de requetés y de otros católicos, tenemos el derecho y el deber de divulgar la evidente contradicción de esas opiniones «no infalibles» del Papa Francisco I, con las opiniones de los que sacaron las castañas del fuego a la propia Iglesia en no pocas y variadas situaciones.

No solamente nos va a mantener en nuestra divulgación pública y claramente discrepante de los apoyos papales al laicismo y a la no violencia hacer un servicio a la Memoria Histórica de la Iglesia, sino, como además, la obligación de tener siempre vigilantes y a punto un pie de paz que por su capacidad de transformarse rápidamente en un pie de guerra disuada al Enemigo de cruzar ciertas líneas rojas de nuestros derechos civiles.

Forman parte esencial de ese pie de paz ineludible, tener un remoto patrimonio ideológico completo y claro y eficiente acerca de la licitud moral del uso de la violencia física en defensa de la Iglesia, de la Ley Natural y de nuestra civilización católica. Sería una imprudencia temeraria esperar al Día y a la Hora de una posible confrontación que nos viniera impuesta, para empezar a estudiar, entonces, el derecho al uso de la fuerza. Eso tiene que estar sabido y a salvo de las opiniones papales contradictorias, y desarrollado, desde «tiempo de paz», desde el mismo momento en que una situación todavía de paz se le quiera corromper con errores opuestos y opinables.

Es posible que en esta labor de mantenimiento preciso de la doctrina en un pie de paz cometamos errores que, por supuesto, corregiremos en cuanto se nos señalen de manera convincente. Serán debidos en buena parte a que nacerán y vivirán en un ambiente de confusión y oscuridad creado por quienes tienen el deber de iluminar suficientemente las cosas.

Tomar la decisión clásica de «si vis pacem, para bellum», y hacer estas propuestas doctrinales para una movilización, nos hace sufrir. También la decisión de objetar, con el debido respeto, a las opiniones del Papa Francisco I. Pero nos afirma la explicación que se da en psicoterapia a los indecisos que sufren por tener que tomar decisiones y que es que no decidir también es una forma de decisión. Callar, también es decidirse a tomar partido, aunque sea distinto del proclamado y debido. Actualmente, en estas materias el escándalo no es hablar, sino callar.

Manuel de Santa Cruz
Siempre p’alante, nº 784

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