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La publicística contra las llamadas «Cortes de Cádiz» (1810-1814): el Filósofo Rancio

Francisco Alvarado

Francisco Alvarado

El Filósofo Rancio, seudónimo del Padre Francisco Alvarado (1756-1814), fue la figura más popular de los opositores a las Cortes de Cádiz. Adversario a la vez del liberalismo y del “despotismo ministerial”, encabezó una corriente ideológica y política de inspiración tradicionalista, antesala del carlismo. Natural de Marchena (Sevilla), de familia humilde, Alvarado ingresó a los quince años en la orden de los Dominicos, en cuyas filas, en el Colegio Mayor de Santo Tomás de Sevilla, adquirió una sólida formación teológica. Su género predilecto fue el epistolar, en boga entonces, aunando un discurso de inspiración escolástica con un dilatado repertorio de fábulas y dichos burlescos de corte popular, destinados a captar el interés de un público amplio. Menéndez Pelayo afirma que fue “el último de los escolásticos puros y al modo antiguo”, siendo cierto a la vez que supo configurar un estilo original, eficaz para la confrontación política. Inició su andadura de polemista con las Cartas de Aristóteles (1786-1787), en defensa del tomismo clásico frente al eclecticismo filosófico. Al entrar los franceses en Sevilla se refugió en el Algarve, y desde allí, entre mayo de 1811 y marzo de 1814, envió a la imprenta sus cuarenta y siete Cartas críticas, dirigidas a amigos suyos, diputados en las Cortes, que constituyen un alegato apasionado en contra de la obra gaditana. Provocaron de inmediato la respuesta airada de liberales destacados, Joaquín Lorenzo de Villanueva, Francisco Martínez Marina y Bartolomé José Gallardo. Su temática variada, incluye un amplio catálogo de asuntos, entre otros la denuncia del ideario liberal, en el que detecta el influjo del jansenismo, de cuya trayectoria en los orígenes de la Revolución Francesa estaba bien informado; la refutación del programa revolucionario de las Cortes, al que contrapone el carácter social y representativo de la Monarquía anterior a los Borbones; una calurosa justificación del orden político católico, que incluye la defensa con argumentos muy meditados, del Tribunal de la Inquisición y un alegato persuasivo en favor de la razón de ser y méritos de las órdenes regulares, objetivo principal del programa desamortizador de las Cortes. Fue en suma una figura clave en el debate doctrinal y político de la primera fase del liberalismo español.

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Articulo AHDE.El Filosofo Rancio

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