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Kolnai: los errores comunes del anticomunismo

Aurelio Kolnai

Aurelio Kolnai

Muchos me han dicho que los carlistas vivimos de espaldas a la actualidad. Otros tantos, me han criticado por prestar una atención obsesiva a algo tan actual como la irrupción de Podemos en la política española. Juicios contradictorios que traen a mi memoria aquella jota navarra que oía en mi juventud: Si canto me llaman loco/y si no canto cobarde;/si bebo vino borracho,/si no bebo miserable.

Mis pobres escritos sobre Podemos nunca han tenido la pretensión agorera que, desde el presente, da por sentado el futuro. Al contrario, sólo intentan ser un ejercicio de prudencia política que previene el futuro posible a partir de la realidad actual. La prudencia política dista mucho de la profecía. La prudencia es previsora y está encaminada a la acción. Humilde y esforzada, examina con detenimiento lo existente y las múltiples posibilidades que de ello pueden resultar y, a la luz del bien, tantea, en la oscuridad del presente, lo que debe hacerse y evitarse según la evolución de las cosas. En cambio, la profecía, deslumbrante como un relámpago, revela de una sola vez la necesidad futura y conduce a la pasividad.

La prudencia política persigue realizar el  fin intemporal de la sociabilidad humana en las circunstancias actuales. Supone, por tanto, conocer lo que hay, enjuiciarlo y promover la acción posible en orden a ese fin, evitando los errores que puedan alejarnos de él.  En otros artículos he tratado de dar a conocer la ideología podemita y su táctica; he presentado el juicio que para Iglesia y la razón natural merece su marxismo. Falta encarrilar la acción a tenor de esas consideraciones, empezando por lo mínimo, que es evitar las posturas equivocadas ante el marxismo. Y, para esto último, nada mejor se me alcanza que seguir, en lo que tienen de vigente, los consejos de Kolnai en su obra sobre los errores fundamentales del comunismo.

Muchos de ellos valían sólo para la Unión Soviética y hoy no tienen sino un interés histórico. Otros muchos en cambio se refieren a la dificultad de captar en toda su profundidad de la perversidad del comunismo y siguen siendo perfectamente actuales, siempre que se apliquen adecuadamente a unas circunstancias actuales, que son muy distintas de las que vivió Kolnai.

Leopoldo Eulogio Palacios aprovechó su estancia en la universidad canadiense de Laval para visitar Aurelio Kolnai, famoso Profesor húngaro discípulo de Husserl. Tras muchas peripecias en la convulsa Europa de la primera mitad del siglo XX,  Kolnai había dado con sus huesos en aquella parte del mundo, huyendo tanto del régimen nazi, al que había criticado valerosamente, como del régimen soviético, que había absorbido su patria de origen. En 1950 escribió un pequeño libro que fue traducido al español con el título de Errores del anticomunismo. A Kolnai, que había conocido de cerca y padecido los horrores del nacionalsocialismo y del comunismo, debieron sorprenderle las mil maneras de atemperar, asumir y disculpar el marxismo que tenían los norteamericanos, a pesar de que vivían en plena guerra fría y veían la aplastante amenaza que suponía para occidente. Palacios señala que, por entonces, tales actitudes no describían nada de lo que se daba en España, donde se había padecido de la manera más terrible los efectos reales del marxismo. Nunca es lo mismo saber de un mal y padecerlo en las propias carnes.

Kolnai se enfrentaba al poder de la URSS, masivo y expansivo, agobiante e inmenso, capaz de hacer sombra al imperio yanqui, a pesar de que éste había salido enormemente reforzado de las guerras mundiales. La diversidad de posturas, de que hablaba Kolnai en su tiempo, no procedía tanto del enemigo con que se enfrentaba, cuanto de las distintas maneras de juzgarlo que tenían los occidentales. La fuerza de Podemos es casi despreciable en comparación a aquél poder apabullante y desbordante; pero tiene en común con él la idea, y posee sustancia y potencialidad suficientes como para trasformar nuestra sociedad de muchas maneras, ninguna de ellas buena. Las concesiones y claudicaciones ante el marxismo que se dieron en la época de Kolnai, son las mismas que se dan hoy. Entonces eran peligrosas porque debilitaban las defensas contra un poderosísimo enemigo, hoy lo son igualmente porque fortalecen a ese mismo enemigo dentro de su actual debilidad. Son otras tantas espitas por las que se activará el confuso magma revolucionario cuajado en torno a Podemos.

Kolnai distribuyó en géneros las argumentaciones de peligrosa tibieza que había  coleccionado. Unas, las comunes, son adoptadas por personas de cualquier condición ideológica; otras son propias de los católicos y, unas terceras, sólo de la izquierda anticomunista. Este último género, producto de la invencible fascinación que ejerce el marxismo sobre todo socialismo, por anticomunista que se declare, contiene seguramente la clase argumentaciones más peligrosas en nuestra situación. Porque la actitud de sometimiento del PSOE ante Podemos, puede llevarnos a una dictadura del proletariado, que es la peor de la hipótesis posibles. No presentaré estas formas de discurso, fundadas en principios completamente ajenos a los nuestros.  En este artículo sólo extractaré las argumentaciones comunes más importantes y dejaré para otro las más dolorosas, las diversas formas de consentimiento cristiano ante el comunismo.

Quizás el juicio despectivo sobre el marxismo sea la actitud anticomunista más frecuente de todas. Lo fue en tiempos de Kolnai, cuando muchos sostenían que el comunismo no era más que un coloso con pies de barro, una baladronada, un gatuperio que vendría a disolverse bajo el peso de las circunstancias. Era verdad, se disolvió por sí mismo, pero ¿a qué precio?  Ese mismo juicio lo emiten hoy quienes no ven en Podemos, y en los que enarbolan la enseña del peligro comunista, sino jugadas políticas con fines inconfesados, que pueden torearse haciendo algún sacrificio. Y también es verdad. Podemos arrastra al menos dos adherencias inevitables en las izquierdas de nuestro país. Somos, guste o no, una sociedad todavía familiar, donde los demonios caseros se trasmiten de padres a hijos y a nietos. Y los izquierdistas, desde la guerra civil, han inculcado a sus descendientes el deseo de venganza. Una de las adherencias es, pues, el revanchismo, el invencible deseo de humillar a los que otrora les vencieron. Es lo primero que han hecho los podemitas desde que han ocupado una parcela de poder en ayuntamientos como el de Madrid. La otra adherencia es la patulea de incapaces sin oficio que se benefician del erario público a través de subvenciones con fines “sociales”, “culturales” o “pedagógicos”. Esa ganga lampante ha visto en Podemos la posibilidad de mejorar su estatus, pasando de subvencionada  a “subvencionante”. Carentes de cuadros con un mínimo de seriedad, los municipios marxistas han recurrido a esa gente, que inmediatamente se ha dedicado a repartir prebendas entre parientes y compinches. No ver en el comunismo más que estos gatuperios y consentirlos, aunque sea con desprecio, ya produciría un gran daño, sin impedir otros mayores. Vendría a ser la “feliz” confluencia del comunismo, en su vertiente exclusivamente ideológica, con el nuevo orden mundial, incluida su injusticia financiera y su bipartidismo, aunque más escorado a la izquierda. A fin de cuentas: “Si Satanás expulsa a Satanás, lucha contra sí mismo; entonces, ¿cómo podrá subsistir su reino?” (Mt. 12, 26).

Kolnai incluye otras dos mentalidades erróneas junto a la anterior. Como ésta, ambas se pretenden realistas y pragmáticas. Lo primero porque, aun de forma parcial y deficiente, reconocen la existencia de la amenaza comunista. Lo segundo, porque su solución es  conceder a costa de cualquier principio. Sin embargo, difieren entre sí porque una es ingenuamente optimista y, la otra, de un pesimismo sombrío.

La primera de estas actitudes es la de quienes creen que toda disensión, todo enfrentamiento, toda tensión, como las que se da entre el sistema liberal de partidos y el comunismo, procede de una mutua incomprensión que siempre podría superarse, si unos y otros se conocieran mejor. Kolnai señalaba a estos maniáticos del diálogo que “es humanamente posible un compromiso, aunque con frecuencia difícil de lograr, entre los que prefieren tal cosa a los que desean tal otra en un mismo plano. Por el contrario un compromiso entre el que quiere compromisos y el que, por definición, no los quiere; entre el que piensa y vive dentro de un marco de pluralidad de poderes y el que persigue religiosamente la idea de su propio poder como total y único, implica necesariamente un contrasentido ( … ) El burgués se extraña al ver que el tigre rechaza la rebanada de mantequilla que le ofrece, y que, además, después de haberle devorado las piernas, intente aun alcanzar su cabeza. Le maravilla que Satanás no se contente con un obispado o con un puesto de director. Está persuadido de que en el fondo su enemigo debe ser un hombre tan bueno como él;  y eso porque él mismo es menos bueno de lo que se imagina, aunque menos malo que el otro”.

El segundo enfoque, el pesimista, considera invencible la potencia del comunismo y propone recurrir a “nuestra habilidad política para asegurarnos unas condiciones relativamente favorables (….) Resignémonos  e intentemos salvar cuanto nos sea posible de nuestros valores humanos”, vienen a decir. Y Kolnai les responde: “La ilusión respecto de la naturaleza del comunismo de que nuestra capitulación podrá estar sujeta a reservas y que, bajo el yugo comunista, podremos conservar algunos valores indeseables a los ojos de nuestros amos es confundir a los bolcheviques con los conquistadores árabes, turcos, mongoles o vándalos del pasado, que buscaban, sobre todo, la embriaguez de la conquista como tal, el botín material, los placeres sensuales, la alegría bárbara de la pura destrucción”. Pero quien ha comprendido la naturaleza demoniaca del marxismos sabe que no se conforma con tan poco. El satanismo marxista, por el contrario, “sólo busca apoderarse y reconstruir al hombre entero”.

Estas posturas coinciden en su cobardía. Aplicadas a lo nuestro, una alentará las aspiraciones de los marxistas recibiéndoles con los brazos abiertos y una estúpida sonrisa de complicidad en la boca. La otra, con la abyecta sumisión del que se ha rendido antes de luchar. Tanto el altanero y sublime desprecio por el comunismo como las posturas transaccionales y acomodaticias son derrotismos injustificados que nos harán cómplices de los cambios que el marxismo de Podemos introduzca en nuestra patria. A no ser, claro está, que Podemos requiera la espada, mire al soslayo, váyase, y no haya nada. Que todo es posible. Dios lo quiera.

José Miguel Gambra

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