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Juan Manuel de Prada: Unidos por el odio

JuanManueldePradaResulta, en verdad, muy aleccionador preguntarse por qué ha lanzado su «desafío soberanista». Sólo alguien cretinizado por la propaganda puede creer la paparrucha de que Mas es un hombre con un designio histórico; pues sólo los grandes hombres tienen un designio histórico. Tampoco se puede afirmar con certeza que Mas sea un simple orate que confunde el picor de las almorranas con la quemazón del designio histórico; pues, aunque romo y mostrenco, tampoco parece carne de manicomio. En realidad, Mas no es más que un señor grisáceo y mazorral que habría acabado de chupatintas o de dependiente de una corsetería, si no hubiese sido por la pugnacidad de su mandíbula, tan intimidante como la de Mussolini, y por su flequillo recogido en una onda, que sin duda hubo de impresionar a Pujol, de calvorota patética (que no es la monda y lironda, sino la que cría pelusilla). Criado a los pechos de, Mas ha tenido tiempo suficiente de comprobar que el ha sido la Jauja idónea para los latrocinios organizados del nacionalismo catalán, que durante varias décadas se han sucedido impunes. Por supuesto, en una independiente los nacionalistas tratarían de proseguir sus rapiñas; pero tal vez no podrían seguir haciéndolo con la misma impunidad (y hasta es posible que a Mas lo enviasen a atender una corsetería). Siendo Mas hombre reservón (como ocurre siempre con los mediocres), resulta en verdad sorprendente que, después de calar el chapeo, requerir la espada y mirar al soslayo, no haya reculado, al modo del valentón del célebre soneto. ¿Qué puede mover a Mas a promover una aventura de la que puede salir trasquilado?

Tan sorprendente o más resulta la actitud de, que tras muchos enjuagues y titubeos ha decidido participar en las elecciones catalanas adherido a modo de pólipo a una candidatura ful que se ha presentado con un manifiesto con olor a pies, regado de anacolutos y quincalla soberanista. En el manifiesto se hace bandera del sedicente «derecho a decidir» (tiene su gracia que aborteros y secesionistas empleen la misma expresión para justificar sus desmanes) y se menciona un proceso constituyente de ámbito estrictamente catalán. La actitud de Podemos es todavía más desquiciada que la de Mas; pues lo tenía todo a su favor para llevarse al huerto a los votantes izquierdosos que se siguen considerando españoles y están hasta el moño de la quincella independentista. Pero Pablo Iglesias, que haciéndose con estos votantes podría haber reducido a fosfatina a los desfondados sociatas, ha decidido sumarse a la ola soberanista. ¿Qué ha podido moverlo a adoptar una decisión contraria a sus intereses?

A Mas e Iglesias los mueve una misma pasión, la única pasión capaz de pisotear los intereses propios, aun en los hombres más pragmáticos. Tal pasión, cetrina y azufrosa, es el odio; y su objeto común, España. Porque son quienes odian a España (y no, paradójicamente, quienes la defienden, o fingen defenderla) quienes mejor entienden que bajo esa designación, que se ha ido despojando de sentido hasta convertirse en una marca vacía, o en una entelequia que ya sólo se invoca desde un irrisorio «patriotismo constitucional», hay una realidad todavía viva, aunque maltrecha y zaherida como don Quijote; una realidad nutrida con un contenido moral cada vez más difuminado, pero que todavía respira tímidamente gracias a una serie de obstáculos tradicionales que sus enemigos aún no han logrado demoler del todo. Por odio a España Mas e Iglesias comparten aventura soberanista; y cegados por ese odio, ansiosos ambos de rematar a la moribunda España, están dispuestos a contrariar sus intereses.

Juan Manuel de Prada
ABC, Madrid, 18 de agosto de 2015

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