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Juan Manuel de Prada: Capitalismo y derechos de bragueta (II)

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

(ABC, 11 de julio de 2016)

Trataremos de mostrar cómo los “derechos de bragueta” no son, como el profesor Fernández Liria pretende, “victorias de la razón ilustrada”, sino sobornos del capitalismo, que necesita que los trabajadores tengan pocos hijos, para debilitar su lucha (pues quien no tiene una prole por la que luchar acaba convirtiéndose en un conformista), poder pagar salarios más bajos y no tener que enfrentarse a masas de desempleados que un sistema de producción cada vez más mecanizado no puede absorber. Esta obsesión antinatalista es recurrente en todos los padres del capitalismo clásico; y sigue siendo hoy la obsesión de toda la plutocracia mundialista.

En Adam Smith el odio a la procreación es todavía timorato y simulado, aunque no se recata de solicitar la prohibición de las “Leyes de Pobres”, que aseguraban subsidios a las familias más necesitadas (lo que favorecía que tuviesen hijos) y Smith considera una deplorable supervivencia del régimen caritativo establecido en las parroquias católicas. En “La riqueza de las naciones” hay, por cierto, un pasaje enternecedor en el que Smith dimite de su tono morigerado para arremeter contra la que considera causante última de todos los males: “La constitución de la Iglesia de Roma –escribe este jeta máximo, defensor del libre cambio que trabajaba como aduanero—debe considerarse la conspiración más formidable que nunca haya tenido lugar contra la autoridad y seguridad del gobierno civil, así como contra la libertad, la razón y la felicidad humanas”. Pero serán los discípulos de Smith los que, en su (risum teneatis) amor a la libertad, la razón y la felicidad humanas, se esforzarán por reducir la natalidad de las familias pobres. David Ricardo, en su obra “Principios de economía política”, afirma que los subsidios a los pobres deben ser abolidos, porque “los confirman en sus hábitos” (procreadores, se entiende); y añade taimadamente: “Si conseguimos que la prudencia y la previsión [o sea, la anticoncepción] sean percibidas como virtudes necesarias y ventajosas, nos iremos acercando gradualmente a un Estado más estable y más sano”. David Ricardo, que no tendría empacho en aplaudir en el Parlamento los esfuerzos de los empresarios “por reducir la retribución a los trabajadores hasta la tasa más baja”, alertó también de que la caridad ejercida a favor de los niños de los pobres era muy perjudicial, porque estimulaba a sus padres a tener más hijos. Inevitablemente, Ricardo acabaría formulando la llamada “ley de bronce de los salarios”, según la cual los salarios tienden “de forma natural” (nótese el brutal sarcasmo) hacia un nivel mínimo que se corresponde con las “necesidades de subsistencia” de los trabajadores; cualquier incremento de los salarios por encima de este nivel –proseguía David Ricardo—provocaría que las familias de trabajadores tuviesen un mayor número de hijos, lo que a su vez las haría más pugnaces en la exigencia de subidas salariales.

Jean-Baptiste Say, otro padre del pensamiento capitalista, escribirá en su “Tratado de economía política” que el trabajador idóneo es el soltero, puesto que no necesita mantener una familia; y que, para conseguir que los salarios bajen, hay que conseguir que una mayoría de trabajadores sean solteros. Poco a poco, el capitalismo se iba atreviendo a formular su anhelo más irreprimible: había que reducir al máximo la reproducción de los trabajadores, para que unos pocos pudieran enriquecerse. Pero a este anhelo bestial había que darle primero un aderezo científico; y luego convertirlo en golosina, de tal modo que las masas idiotizadas creyeran que se les suministraba por amor a la “libertad, la razón y la felicidad humanas”.

(Continuará)

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