Carlismo en Twitter

Tradicionalistas's Twitter avatar
Tradicionalistas
@carlismoes

Reino de Granada: El heroico General Pérez de Herrasti y su ilustra familia, tradicionalistas de Granada… t.co/rUipmuOYmL

Tradicionalistas's Twitter avatar
Tradicionalistas
@carlismoes

Profesión: sus labores. Artículo de Elena Risco t.co/Om1V45qnz4

Tradicionalistas's Twitter avatar
Tradicionalistas
@carlismoes

22 de julio. Cumpleaños del Abanderado de la Tradición, Don Sixto Enrique (1940) y onomástica de su madre la Reina… t.co/NAeXBMzONg

Tradicionalistas's Twitter avatar
Tradicionalistas
@carlismoes

Amigos del Monumento de Navarra a sus Muertos en la Cruzada: Fue, lisa y llanamente, una Cruzada… t.co/iWWYv6J0u6

Agencia FARO's Twitter avatar
Agencia FARO
@Agencia_FARO

Se acerca la fiesta de #Santiago Apóstol, Patrón Mayor de las Españas. ¿Has hecho preparativos para no trabajar ni… t.co/mShmP1DiWv

Retweeted by Tradicionalistas

José Ulibarri: Tres directrices para nuevas batallas

El marasmo religioso y político en que España está sumergida ha hecho que personas y grupos diversos hayan tenido reuniones extraordinarias para reorganizarse y poder así seguir en la vida pública con más claridad y eficacia. A los amigos seglares o laicos que estamos empeñados en no dejar que España se suicide, les propondría para el futuro inmediato las tres líneas de acción que siguen, ya en parte ofrecidas en estas páginas. Es necesario insistir en ellas por la magnitud de su desarrollo pendiente. Son: La recaudación de fondos, La curación de la manía de delegar, y La solidaridad.

1.- Es urgente y necesario cambiar la mentalidad limosnera del pueblo fiel español. Todo católico está obligado por su condición a dar limosnas a la iglesia y a los pobres; pero la cuantía y la forma son imprecisas y discrecionales. Antiguamente se precisaba más: se establecían “diezmos y primicias”; y después, al principio de cada año, se sacaban en las parroquias las Bulas y el Sumario de la Santa Cruzada, que eran unas limosnas para la Cruzada contra los infieles y por la concordia de los príncipes cristianos, a cambio de las cuales se mitigaban los rigores de algunos ayunos y penitencias. Cuando la persecución de la Segunda República, las limosnas se orientaron para “el culto y clero”. Ahora lo son hacia la beneficencia material, cuyos paradigmas son las Conferencias de San Vicente de Paul y Cáritas. Actualmente la situación ha evolucionado, a mal, hacia una desproporción entre lo mucho que se da a la beneficencia material y lo poco que se dedica a la Propagación de la Fe y su variante, las luchas político-religiosas. Es necesario y urgente corregir esa desproporción. No se trata de sacar más dinero al fiel contribuyente y a la sacrificada clase media, sino de que del mismo dinero que ya da ahora se separe una mayor cantidad para subvencionar la propaganda de la Fe en la política, aun a costa de debilitar la parte que ahora mismo se está dando en desmesura a la beneficencia material. Recordemos la famosa frase de Napoleón: “La guerra se hace con tres cosas: dinero, dinero y dinero”. ¿Por qué muchos seglares no enfocan más su apostolado a la política, en número imprescindible? Por muy variadas causas. Una, siempre presente, es que la vocación política es muy costosa, muchísimo más cara que la beneficencia material. Por de pronto, necesita sustentarse en unas actividades (comidas, cafés, viajes, libros, regalos, etc.) y de relaciones públicas que exigen mucho más dinero y con más apremio que las fluctuantes y discrecionales limosnas materiales a los pobres. Un “tren de vida” muy duro, en el cual se hacen frecuentemente imperativos desembolsos que duelen, a diferencia de los desembolsos de lo que sobra, más propios de la beneficencia y más fáciles de controlar. Los católicos debemos endosar al Estado aconfesional y socialista, tan amigo de los pobres, la mayor parte de la atención de beneficencia material, que ahora corre mayormente a nuestra cuenta, reservando para nosotros solo una mínima parte, simbólica, que conserve el carácter esencial dentro del cristianismo del amor a los pobres. Y con el resto de nuestros recursos atender a la defensa y propagación de la Fe en el ámbito político. Aunque parezca mentira, habrá que recordar que en lo que aporte el Estado van adjuntos los impuestos y contribuciones, aunque se les señale menos de los fieles.

2.- Otro gran defecto de nuestra acción.- La tendencia a delegar en otros la corrección de las impiedades públicas. Apenas conocidas, la mayoría de los fieles, antes que pensar en lo que ellos mismos pueden aportar al remedio, se dedica a decir quiénes otros son los llamados, no él, a contribuir en ese asunto; delega en personas de su entorno, de su familia, de su ambiente laboral, y sobre todo en los obispos y el clero. Es evidente la responsabilidad de la Iglesia docente oficial en este naufragio del cristianismo en España, de los obispos y del clero. Es inútil y una pérdida de tiempo y un error la comprensión de la situación e insistir en ello. Pretender pasarles las “patatas calientes” es una forma traidora de delegación, porque ya está visto que no dan más de sí. Allá ellos. Tenemos que acostumbrarnos a defender a la Iglesia desde fuera sin apelar a sus propios recursos. Es el colmo de la hipocresía que seglares con cultura media y superior y suficiente posición social, en cuanto tienen noticia de una impiedad pública empiezan a clamar por lo que deberían hacer el clero y los obispos, que saben de sobra que no hacen nada, en vez de examinar sus propias posibilidades de acción personal.

3.- Los tiquismiquis y la falta de solidaridad.- No con la frecuencia debida y deseable a veces vemos que ante un ataque impío surge rápida y encendida una réplica católica a cargo de una persona o grupo verdaderamente católico. Pero los demás católicos del entorno no acuden a reforzarla, a ayudarle; se alegran, pero se quedan quietos, en vez de movilizar un batallón solidario. Tratan de justificar su falta de solidaridad señalando defectos y anteriores faltas de ayuda que en otras ocasiones cometieron los que ahora levantan un banderín para un buen combate. Es verdad que no todos vamos a estar en todo. Es verdad que no es prudente improvisar alianzas universales y prolongadas con cualquiera sin conocerle a fondo. Pero una ayuda puntual y provisional escapa a esos riesgos y es bienhechora. En esto se ve también la diferencia entre la mentalidad de creer y la de amar. El Primer mandamiento de la Ley de Dios no dice, “creerás en Dios”, sino “amarás a Dios”, que no es lo mismo. Al percibir el toque de cornetín que llama al buen combate, el que solamente cree se queda quieto y el que ama da un salto y sale corriendo a ayudar a la buena causa sin detenerse a pensar en anteriores defectos y agravios y en delegar.

Siempre p’alante, nº 781

Comments are closed.