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José Miguel Gambra: Podemos ¿una revolución gnóstica? (y III)

Denunciar males inmensos, culpabilizar universalmente al gobierno y enaltecer al líder son, según lo visto en las primeras partes de este escrito, las tres primeras etapas que da la mentalidad del revolucionario gnóstico. Después viene lo que Voegelin considera el paso más decisivo dentro de la actitud gnóstica. Consiste en adquirir la conciencia de los elegidos, de los inspirados por el Espiritu Santo. «Esa experiencia –dice Hooker – engendra altos grados de separación entre los elegidos y el resto del mundo», de lo cual resulta como añade Voegelin que la humanidad quedará dividida entre los «hermanos» y los «mundanos». Esta separación es común a todos los movimientos gnósticos de todo tiempo y también de los que en la  modernidad se han dado. De una parte, los hombres espirituales, santos o impecables, que acaudillarán la realización efectiva de una era de futura felicidad en este mundo. A esa élite moralmente irreprensible, en su día, pertenecieron los elegidos, para el puritanismo; los proletarios, para los marxistas; los arios, para el nazismo y los camaradas, para el fascismo. De otra parte están los perversos o materiales, contra los cuales se tiene la obligación moral de combatir, sean los réprobos, los capitalistas o los judíos. Esa oposición entre ellos y nosotros, cualquiera que sea el criterio de división social en que se apoye, debe de producir en la gentucilla gregaria una intensa satisfacción que siempre es cuidadosamente cultivada por los movimientos gnósticos y constituye su baza esencial. Quien se haya tomado el desagradable trabajo de leer la literatura generada por Podemos, se encuentra a cada paso con la distinción entre el «ellos», o «el enemigo» y el «nosotros», o el «pueblo». La humanidad se divide en dos clases, la del podemita y la del resto que, si no se compone de fascistas, son «peperos» destinados a la depuración.

Voegelin prosigue señalando que, una vez dados estos pasos, el gnóstico revolucionario adquiere una impronta indeleble que se detecta por dos características. Ambas son perfectamente identificables en los parciales de Podemos. En primer lugar, se habrá convertido en seguidor de un caudillo, cuya compañía y cuyos consejos le resultan preferibles a los de otro cualquiera; y se convertirá en un propagador de su doctrina, dedicando gran cantidad de tiempo al servicio de la causa, aun a expensas de sus propios asuntos. No hay más que ver la presencia permanente del podemita en las redes sociales para hacerse una idea de su entrega completa y permanente.

En segundo lugar, «será difícil, si no imposible», tratar de romper con la persuasión el ambiente social así creado. «Que cualquier hombre de opinión contraria abra la boca para persuadirles y cerrarán sus oídos; no pesarán sus razones, y a todos contestarán con la repetición de las palabras de Juan: “Somos de Dios; quien conoce a Dios, a nosotros nos escucha; en cuanto al resto, sois del mundo”». Del Álamo cita varias conductas tipificadas que responden a esa actitud. Así, ante cualquiera que acuse de corrupción a sus líderes, la respuesta invariables es que el PP roba. En palabras de del Álamo: «Pablo Iglesias se ha contradicho treinta veces, pero al menos no roba como el PP. Colau enchufa a su pareja, pero al menos no roba como el PP. Monedero no paga a Hacienda a tiempo y cobra dinero público venezolano por un informe inexistente, pero al menos no roba… O sí. Dejémoslo».

Los pasos por los que inconscientemente se genera la psicología del revolucionario gnóstico, según Voegelin, y la mentalidad del podemita presentan una clarísima coincidencia y permiten avizorar la deriva de Podemos hacia un movimiento revolucionario dominado por la voluntad de un despótico Stalin con coleta. Hasta Rajoy se dio cuenta de eso cuando habló, hace unos días, de la «liturgia redentora» de Iglesias, aunque probablemente no captaba, ni de lejos, el peligro que eso entraña. Da mucho que pensar el peligro que esa clase de movimientos supone a ojos de Voegelin, cuando llega incluso a decir lo siguiente: «si por inadvertencia un movimiento semejante se ha multiplicado hasta alcanzar ese punto de alarma que es la conquista de la representación existencial mediante la famosa “legalidad” de las elecciones populares, el gobierno democrático no debe “inclinarse ante la voluntad del pueblo”, sino dominar el peligro por medio de la fuerza y, si es necesario, quebrantar la letra de la Constitución para salvar su espíritu». Voegelin todavía creía en la racionalidad del sistema democrático. Pobre.

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