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Carlismo Galicia: La mentalidad gnóstica que contagia a algunos católicos tradicionalistas t.co/t6DVa1vi1L

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Storia: Miguel Ayuso, la Napoli nelle Spagne di Francisco Elías de Tejada t.co/T2GL651V3e t.co/JnwB4LvG8I

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Amigos del Monumento de Navarra a sus Muertos en la Cruzada: Pueblo héroe, pueblo llano y con faltas de ortografía… t.co/j3BuoGggpQ

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Maricas, políticos y eclesiásticos: declaración de la Comunión Tradicionalista t.co/qTdugxbYaJ

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José Miguel Gambra: discurso en la festividad de los Mártires de la Tradición.

Desde que los Papas Juan VIII e Inocencio III emplearán la palabra Cristiandad para dirigirse a los pueblos cristianos, se hizo costumbre emplear ese nombre con el significado del conjunto de los reinos jerarquizados, que se unían por la común fe en Cristo bajo la autoridad del Sumo Pontífice. Pero la cristiandad también se ha entendido, no ya como aquel conjunto de pueblos, sino como el orden jurídico, político y social inspirado por la doctrina de nuestro Señor y enseñadas por la iglesia.

Miguel Ayuso frecuentemente ha mencionado a Elías de Tejada  para quien la Cristiandad, en el primer sentido, formada en los siglos medievales ha pasado por tres períodos, herederos cada uno del anterior, unidos todos ellos por la fe común cristiana pero cada uno de ellos más enflaquecido, menesteroso y sometido a persecución. Primero fue la cristiandad vitalmente expansiva que emergió de las cenizas dejadas por los pueblos bárbaros; luego la cristiandad hispánica, que compensó territorialmente la división religiosa de Europa, producida por el protestantismo, con la extensión del catolicismo en América y, finalmente, la cristiandad reducida en el s. XIX a un comparativamente conciso número de sublevados, los carlistas, que, perseguidos y asediados, lograron mantener el espíritu de la cristiandad. Vencidos en tres contiendas, las guerras carlistas, finalmente tomaron parte en cruzada del 36, que fue flor de temporada, más aparente que real.

A este esquema, de la cristiandad mayor, la hispánica y la menor, cabe añadir otra cristiandad mínima, procedente de la transición. El régimen que nació de la guerra,  proporcionó la confesionalidad católica que siempre había defendido el carlismo; pero  su estatismo destruyó, más que los regímenes anteriores, el orden tradicional de la sociedad que pasó a depender en todos sus entresijos del poder central; y generalizando así la conciencia sometida del “ciudadano”, debilitó el número de carlistas e ilegalizó su organización.

A pesar de ese lamentable panorama en los sesenta todavía el carlismo tenía una gran vitalidad. Pero, en el aciago periodo de la transición, que se produjo durante aquellos quince años que empezaron con el Concilio y culminaron con la Constitución del 78, concurrieron tres grandes defecciones o traiciones que dejaron la sociedad fundamentalmente católica que era España sin autoridad alguna a quien acudir confiadamente. Sin guerra alguna declarada, los poderes fácticos arrojaron a los españoles a una oscurísima sima donde, cada cual por su cuenta, buscó a tientas referencias, estableció uniones, contrajo y denunció compromisos, de lo cual no se salvó el pueblo carlista.

El carlismo hubiera podido superar no sólo la esperada traición del heredero oficial del régimen anterior, sino también la inesperada defección socialista de don Carlos Hugo. Pero la impensable traición de la clerecía se le atragantó. Para el carlismo, como para todo el ingenuo catolicismo español, no cabía separar obediencia al Papa y defensa del reinado social de N.S.

Durante la transición, con el desorden provocado por las deserciones y apostasías, los carlistas todavía leales se unieron desconcertadamente a otros grupos tratando de taponar las fisuras de un dique que se venía abajo. Pasada esa época, perdió sentido el activismo, el correr aquí y allá para detener unas aguas mefíticas que ya lo anegaban todo.

Fuera de quienes, contra toda la doctrina cristiana y tradicional, siguieron fieles a la sinrazón de don Carlos Hugo; fuera también de otros muchos que, dando por buenos los nuevos vientos vaticanos, se apartaron coherentemente del carlismo; fuera de esas traiciones sólo quedaban dos salidas. Una: agachar la cabeza y adaptarse, es decir, adoptar un carlismo doméstico y apocado, dedicado, todo lo más, a apoyar las acciones de otros grupos políticos o eclesiásticos que parcialmente sostenían todavía algunos de los principios tradicionales. Otra: sacar pecho, recuperar la doctrina y extenderla en su integridad para recuperar el norte perdido a lo largo de la transición y obrar en consecuencia.

La primera actitud, es la adoptada por un carlismo decadente que, acostumbrado a la verticalidad y a una obediencia irracional, se empeña en mantener un incoherente grupo atado a la añoranza histórica, al costumbrismo carlista y a la piedad religiosa. Y, cuando se pone a hacer algo, se convierte en mero contrapeso de lo que los  políticos liberales o de los eclesiásticos progresistas consideran excesos.

La otra, la “fetén”, consiste en devolver al carlismo su dignidad, haciendo ver que la doctrina por él defendida es capaz de responder a la avalancha de herejías políticas y religiosas que, de la noche a la mañana, habían ahogado la esencia de nuestra Patria y de la religión verdadera. Evidentemente esto suponía dar una cierta prioridad a la exposición y propagación de esa doctrina.

El hombre tiene la facultad de dar un nuevo modo de existencia a la realidad. Lo hace al conocerla, pues con ello el entendimiento reproduce a su modo la realidad que le rodea y le confiere un estado distinto en su modo de ser, pero idéntico en su contenido esencial a lo que existe en el mundo. No es algo que haya inventado yo, sino que forma parte de la más pura doctrina tomista. Y eso tiene una vertiente práctica evidente: cuando falla el orden natural, el médico puede restablecer la salud, gracias al conocimiento de la anatomía humana. Lo mismo sucede con la lógica, que surgió cuando la razón natural se vio amenazada por las argucias sofísticas nacidas en el seno de las democracias griegas. El mal fue superado gracias a la reflexión sobre el orden natural de la razón, de lo cual nació la lógica y así el entendimiento adquirió una andaderas que le permitieron contestar a los taimados argumentos de los Gorgias y Protágoras, devolviendo a la razón su capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso.

Pues, bien, algo similar le ha sucedido al carlismo. El carlismo no se conformó con ir a los campos de batalla para defender el orden cristiano. Desde sus orígenes y de manera más pronunciada cuanto más enfermó la sociedad, a causa de esas nuevas colecciones de sofismas que son las ideología imperantes, el carlismo trató de abstraer de la realidad social todavía viva y mantener en su estado intelectual lo que a ojos vista estaba desapareciendo de la realidad.

Eso es lo que hicieron los pensadores carlistas y especialmente Vázquez de Mella, cuya fuente de inspiración fue la una realidad social todavía viva a pesar de sus flaquezas. Esa labor doctrinal, que ya venían haciendo desde el régimen anterior pensadores tradicionalistas como Juan Vallet de Goytisolo, Leopoldo Eulogio Palacios, Álvaro d’Ors o Eugenio Vegas Latapié y pensadores carlistas como Elías de Tejada, Manuel de Santacruz o Rafael Gambra, halló su continuidad en la nueva etapa de la Comunión reactivada por S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón con la colaboración de Miguel Ayuso y Luis infante. Su ingente trabajo, recogido en una gran cantidad de publicaciones y en una labor periodística minuciosa y constante, no sólo ha logrado sostener como doctrina inalterable, pero actual, el pensamiento carlista, sino que ha logrado  refutar, punto por punto, cada una de las desviaciones que, procedentes del marasmo intelectual y religioso de nuestra época, han llegado a colarse en las filas de un carlismo decaecido.

¿Qué hubiera sido de la doctrina tradicional, del carlismo sin esa ingente labor de la Comunión Tradicionalista? Fácil es saberlo con mirar a ese carlismo desfalleciente, empeñado en salvar este pequeño aspecto o este otro dentro de lo que pervive en la conciencia del clero modernista o de los políticos derechosos. La Comunión Tradicionalista, en vez de hablar del rey en abstracto y de ponerse a esperar que haya uno que le guste, defendió la doctrina de la legitimidad de origen y de ejercicio y. en la práctica, se puso a las órdenes de Don Sixto Enrique en quien concurren ambas, sin lugar a dudas. En vez de limitarse a defender sólo la familia y de ponerse al lado de “defensores de la vida”, más o menos demócrata-cristianos, sostiene el orden social completo, sin el cual no puede darse la vida familiar, y se desentiende de las limitaciones impuestas al orden católico por una jerarquía eclesiástica contagiada de modernismo. En vez de defender unos principios irrenunciables, como si pudiera haberlos renunciables, va a por todas y sostiene la doctrina social católica completa. En vez de unirse a oscuros partidos de vergonzante catolicismo o de profundo fascismo, prefiere su soledad, pues ya tiene bastante experiencia de lo que resulta de tales mezclas.  En vez de declararse no fundamentalista, para inclinar a su favor a unos clérigos que nos desprecian, declara, de conformidad con lo que dijo orgullosamente Carlos VII que “sobre el fundamento admirable [de la fe católica] se alzó sublime la figura de España”; en vez de alabar al luteranismo, padre del liberalismo que causó tantos mártires en nuestras filas; en vez de decir la pusilánime frase de uno de sus próceres según la cual “hay mucho bueno en el protestantismo”, la Comunión Tradicionalista lo declara herético y asevera que nada hay de bueno en el protestantismo como tal, salvo lo que ya estaba en la Iglesia Católica y que, por tanto, no le pertenece. En vez de eso, Miguel Ayuso ha publicado varios libros que demuestran cómo en el luteranismo se hallaban, como en semilla, cuantos males ha producido la modernidad.

Sin duda era imprescindible otorgar prioridad a la doctrina, porque, si ella se desnaturaliza, la acción acaba por ser colonizada por las tendencias hoy predominantes. Pero ya he dicho que la Comunión va a por todas y que nunca ha dejado de actuar siempre que ha tenido ocasión. Y, de unos años a esta parte, lo hace cada vez con más fuerza, gracias a S.A.R. que, a pesar de sus muchas ocupaciones, nunca elude acompañarnos cuando se lo pedimos. Su presencia galvanizadora de voluntades, unida a la inmensa capacidad de atracción que tiene el Padre José Ramón, unida al trabajo constante de nuestro Jefe de Juventudes, Manuel Molinero, al de la impaciente Carmen Palomares y de la paciente Mónica Caruncho, unida a la de los jefes de círculos como el inquebrantable Eugenio Barrera y el eficacísimo y entusiasta Jesús Ferrando o a la de otros muchos que no me es posible citar, la Comunión está creciendo a ojos vista.

Pero  hoy, cuando vemos en importantes países cristianos, pero no católicos, algo así como una reacción, en apariencia al menos, floreciente y hasta triunfante, es hora de ampliar nuestra actuación, es necesario mejorar nuestra organización y extender la acción. A tal efecto, como se ha anunciado repetidamente, hemos legalizado un partido, la CTRAD que, sin identificarnos con él, nos permite, dentro de la legalidad vigente, un margen de actuación mucho mayor. Pero somos perezosos y, como ha dicho don José Ramón, pecamos de omisión. Hay que hacerse simpatizante de la CTRAD, se esté o no inscrito en alguno de los círculos de la Comunión, aunque los que ya estén en un círculo no tenga que aportar la miserable cuota que se pide a los otros. Para ello les hemos distribuido unos formularios que deben leer y rellenar. En cuanto dispongamos de un número razonable de simpatizantes, les convocaremos a un congreso organizativo al que sólo ellos serán invitados.

Dadas las tremendas exigencias que el poder pone a la legalización de partidos, con el fin de mantener su bipartidismo obsesivo, este paso ha supuesto un trabajo enorme y esperamos una respuesta entusiasta. Quien no se apunte, que no vuelva a decir nada de nuestra inactividad, como algunos, incluso entre los nuestros, se atreven a decir.

Cada época del carlismo ha tenidos sus mártires y su intercesión, sin duda, ha permitido que el carlismo no se haya consumido. Los mártires de la transición han sido producidos por el terrorismo de ETA y, no menos por la democracia de los derechos humanos. No fueron víctimas casuales, como las que frecuentemente produce el repugnante método de aterrorizar a la población; fueron víctimas por haberse significado, como hoy se dice. Sabían a lo que se arriesgaban y no tuvieron miedo ni se echaron para atrás; por ello son mártires, aunque sobre ellos se quiera hacer caer la negra noche del olvido.

Seamos dignos de ellos y especialmente de esos mártires de la transición y demos un paso adelante para que, con la ayuda de Dios, la Comunión sea todavía más efectiva.

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