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Hoy cedemos la palabra a Pablo Iglesias

Pablo Iglesias6Desde hace tiempo hemos alertado del peligro que suponía Podemos. Desgraciadamente parece que no nos habíamos equivocado. Es probable que el PSOE ya haya decidido formar gobierno con ese partido. Sólo le queda marear un poco más la perdiz, hacer una cuantas promesas, distribuir prebendas entre sus «barones» y hacer con los separatistas un paripé que le permita salvar la cara ante el electorado. Nada cabe esperar de su amor al bien común o a la unidad de la Patria. Los partidos son la patria de sus miembros y éstos confunden el bien común con sus intereses y ambiciones.

Y cuando Sánchez se una a Iglesias el gobierno que parirán será sólo Iglesias. Como el hijo de los Rodríguez Zapatero sólo fue Zapatero. A Sánchez se le recordará, a lo sumo, como el que entregó el poder a Iglesias. No da para más. ¿Qué nos espera en esta probable tesitura? Alguno ha dicho que la cosa acabará como el rosario de la aurora y, en eso, no le ha faltado razón. Para que cualquiera pueda juzgar por sí mismo, lo conveniente no es consultar los programas de Podemos ni las mil declaraciones electorales y postelectorales de sus miembros. Lo deseable sería saber lo que de verdad piensa Iglesias. Y, miren ustedes por dónde, nos es dado saberlo. Indiscreciones de Internet.

Nos hemos tomado el trabajo de transcribir la charla que dio allá por junio del 14 (https://www.youtube.com/watch?v=1v430q8Ns7A). Se ha citado parcialmente en estas páginas, pero no resistimos la tentación de ofrecerla completamente. Eso sí, hay que leerla sabiendo que habla entre los de su cuerda, es decir, entre comunistas;  y que la “clave de la historia” es el materialismo histórico, doctrina central del marxismo; que “el enemigo” es la burguesía capitalista, la religión, los políticos liberales …; que llama “movimiento de transformación” a la revolución proletaria y que los “agregadores” son elementos para formar una “unidad popular” engañosa, es decir un instrumento para captar votos y apoyos en orden a la realización práctica de la revolución, que debe acaba en una dictadura leninista.

Lo sé, lo sé, que la clave para entender la historia en lo últimos quinientos años es la formación de unas categorías sociales que se llaman clases. Claro que lo sé. Y os voy a contar una anécdota: cuando empezó el 15M, algunos estudiantes de mi facultad, de la Facultad de Políticas, estudiantes muy politizados –habían leído a Marx, habían leído a Lenin– participaron por primera vez en su vida en asambleas con gente –normal– y se desesperaban: claro, es que no entienden nada, decían. Eres un obrero, aunque tú no lo sepas, y la gente les miraba como a extraterrestres; y se iban a casa muy tristes, porque decían «es que no entienden nada». No te das cuenta de que el problema lo tienes tú, de que la política no tiene que ver con tener razón, sino con tener éxito.

Tú puedes tener el mejor diagnóstico y llegar a casa y comprender la clave del desarrollo político desde el siglo XVI y entender que el materialismo histórico es la clave para entender el desarrollo de los procesos sociales. Pero ¿qué vas a hacer a la gente? ¿gritárselo? ¡sois obreros aunque no lo sepáis! Está el enemigo deseando reírse de ti. Te puedes poner una camiseta con la hoz y el martillo. Incluso puedes llevar una bandera enorme de metros y metros y metros; y volverte a casa con tu bandera mientras el enemigo se está riendo de ti; porque el pueblo, los trabajadores le prefieren a él, le creen a él, le entienden cuando habla y le prefieren a ti. Y puede que tú tengas razón. Y puede que tus hijos te pongan una placa en tu tumba donde diga «siempre tuvo razón, aunque nadie lo supo».

Cuando estudias las experiencias exitosas de los movimientos de transformación te das cuenta que la clave del éxito es lograr establecer un cierta identificación entre los diagnósticos y lo que siente la mayoría. Eso es muy difícil, pues significa cabalgar con tradiciones. Tú crees que yo tengo problema con una huelga de 48, de 72 horas, salvaje… ninguno. Pero es que hacer una huelga no tiene nada que ver con las ganas que tengamos tú y yo de hacerla. Tiene que ver con la fuerza de las organizaciones sindicales. Y ahí sospecho que tú y yo no pintamos nada. Tú y yo podemos querer, o sea, podemos desear que la tierra sea el paraíso, la patria de la humanidad y pintarnos en la camiseta lo que nos dé la gana. Pero la política tiene que ver con la fuerza, no con los deseos ni con lo que se dice en una asamblea.

En este país hay sólo dos sindicatos con capacidad para organizar una huelga general. Y son CCOO y UGT ¿Me gusta a mí eso? No. Pero es lo que hay. Y hacer una huelga general es muy difícil. Yo he estado en lo piquetes, en cocheras en Madrid, con gente que estaba en los piquetes y, por la mañana, cuando amanecía ¿sabes dónde se tenía que ir? A trabajar. Y no eran esquiroles. Es que les echaban del trabajo. Porque en su trabajo no había organizaciones sindicales que les pudieran defender. Porque los trabajadores que se pueden defender, como los de astilleros, como los mineros, es porque tienen sindicatos fuertes. Pero los chavales que trabajan como tele-operadores o que trabajan en Telepizza, o chavalas que están en una tienda no se pueden defender; les van a echar al día siguiente; y ni vas estar tú ni voy a estar yo, ni ninguna organización sindical que les garantice que se pueden sentar con el jefe y le digan: «más te vale que no despidas a estas personas por haber ejercido su derecho a huelga, porque entonces te va a salir más caro». Pero eso no ocurre, por mucho entusiasmo… La política no es lo que a uno le gustaría que fuera; es lo que es y es terrible.

Y por eso hay que hablar de unidad popular y por eso hay que ser humilde. Porque a veces hay que hablar con gente que a lo mejor no le gusta tu lenguaje y a lo mejor no se identifica con los términos con que tú explicas las cosas. Y eso ¿que revela?,  pues una derrota de muchos años. Es que perder siempre implica eso. Perder significa siempre que el sentido común de la gente es diferente. Eso no es cosa nueva. Eso lo han sabido los revolucionarios toda la vida. Y la clave es conseguir que el sentido común de la gente vaya en una dirección de cambio. César Rendueles, que es más listo que el hambre, dice que la mayor parte de la gente está contra el capitalismo y no lo sabe. La mayoría de la gente defiende el feminismo sin haber leído a Judith  Butler ni a Simone de Beauvoir. Cuando ves a un padre fregando lo platos o jugando con sus hija; o cuando ves a un abuelo enseñando a su niño, a su nieto, que los juguetes se comparten, ahí hay más de transformación social que en todas las banderas rojas que tú quieras llevar a una manifestación. Y, o entendemos eso, que esas cosas se pueden convertir en agregadores o se seguirán riendo de nosotros. El enemigo nos quiere así. El enemigo nos quiere pequeños, nos quiere con un lenguaje que nadie entiende, nos quiere minoritarios, nos quiere con un lenguaje que no nos entiendan, nos quiere minoritarios, nos quiere refugiados en los símbolos de siempre. Está encantado porque así sabe que no representamos un peligro. Podemos tener un discurso muy radical, queremos hacer una huelga salvaje, el pueblo en armas, los símbolos más fuertes, podemos llevar retratos a las manifestaciones de los líderes revolucionarios y están encantados. Se ríen de nosotros. Eso sí, cuando juntas a cientos a miles de personas; cuando, de repente, lo que estás diciendo convence a la mayoría, incluso a los que les votaban a ellos, entonces empiezan a tener miedo. Y a eso se llama hacer política. Y esa es la principal enseñanza.

Había un compañero que hablaba de los soviets allá en 1905, aquel calvo con una mancha en la cabeza, que era una mente prodigiosa, prodigiosa, lo que entendió fue el análisis concreto de la situación concreta. En un momento de guerra en el que el poder estaba por los suelos en Rusia, dijo una cosa supersencilla, una cosa muy sencilla a todos los rusos, fueran soldados, fueran campesinos o fueran trabajadores: les dijo «paz y pan» y cuando dijo paz y pan que era lo que quería todo el mundo: que acabara la guerra y poder comer, entonces, un montón de rusos, que no tenían ni idea si eran de izquierda o eran de derechas, que básicamente tenían hambre, dijeron: «pues va a tener razón el calvo este». Y al calvo le fue muy bien. No les dijo «materialismo dialéctico» al pueblo de su país, les dijo «paz y pan». Y esa es una de las principales lecciones del siglo XX. Y cuando uno pretende transformar las cosas copiando la historia, copiando los símbolos, lo que termina haciendo es, con todo el cariño, con todo el respeto, el ridículo. No va a venir ningún país, ninguna experiencia concreta para repetirla tal que así. La clave es analizar los procesos, analizar las lecciones de la historia y comprender que en cada momento lo que significa paz y pan, si eso no tiene que ver con lo que siente la mayoría de la gente es una reproducción en forma de farsa de lo que pudo ser una victoria trágica en ciertos momentos.

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