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Errores del anticomunismo católico

Aurelio Kolnai

Aurelio Kolnai

El comunismo, como ya denunció Pio XI, emplea el engaño como táctica (Divini Redemptoris, § 58). Podemos se ha aupado hasta alcanzar un puesto importante entre los partidos contendientes en las próximas elecciones. Lo ha hecho engañando a sus electores, entre los cuales no han faltado católicos. Con engaño ha formado unas listas de candidatos adecuados a sus fines. A pesar de su previsible descenso en votos, puede formar parte del gobierno por medio de alianzas, ahora o en otra consulta posterior. Y con engaño, su decidido designio revolucionario puede absorber de hecho la línea de actuación de otros partidos ideológicamente muy débiles.

«Procurad, venerables hermanos, con sumo cuidado que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno» (§ 60). La mejor manera que se me ocurre de seguir esta sabia recomendación de Pio XI es recurrir de nuevo a Kolnai y citar algunos de sus textos sobre las actitudes desencaminadas que los cristianos han adoptado ante el comunismo.

Busque usted en Internet lo que se dice de Aurelio Kolnai. Hallará datos sobre sus investigaciones fenómenológicas y sobre sus críticas al nacionalsocialismo, pero nada o bien poco sobre el libro Errores del anticomunismo. Que las izquierdas lo callen va de suyo; que los demócratas liberales lo hagan se explica por aquella conspiración del silencio en todo lo que se refiere al comunismo, que ya denunciaba por Pío XI, (§18). Pero, los medios eclesiales ¿por qué lo silencian también? Kolnai hablaba para todos los que coincidían en ser anticomunistas. Veía en el marxismo una amenaza inmediata que merecía una atención primordial por parte de todos. Pero su punto de vista era el de aquellos tiempos felices en que las enseñanzas de la Iglesia se mantenían desde los tiempos apostólicos con una coherencia, incluso externa, que no dejaba lugar a las dudas que hoy ponen a prueba la fe de todo católico. Tenía muy presente las repetidas condenas de las formas de adaptar el catolicismo a las corrientes filosóficas, políticas y sociales que los pontífices del XIX y primera parte del XX lanzaron parapio-xi preservar de contaminaciones mundanas la doctrina eterna de la Iglesia. Su crítica de las tres primeras formas inadecuadas de enfrentarse al comunismo por parte de los cristianos afectaba por entonces a tres desviaciones del catolicismo fácilmente reconocibles. Hoy, por desgracia, se reconocen de manera igualmente fácil como tres «sensibilidades» gustosamente acogidas y mimadas por las autoridades eclesiásticas.

El primero de esos errores es el de los «cristianos demócratas, laicistas, apolíticos o progresistas» (121). Vienen a decir lo siguiente: «los fines políticos, sociales y económicos del comunismo, como tales, son indiferentes o incluso laudables en parte. Sólo se le ha de combatir en cuanto se aferra al prejuicio antirreligioso y sobre todo anticatólico. Si los jefes comunistas renunciaran a la persecución de la Iglesia y al ideal de un ateísmo obligatorio, podría lograrse fácilmente la inteligencia con ellos. ¿No ha dicho el Señor: “dad al César lo que es del César”? ¿no hay que obedecer tanto más este mandato cuanto que se trata de un “César” preocupado por aliviar la suerte de los pobres y por poner de relieve la dignidad del trabajador? … Dios y su Iglesia, lejos de estar ligados a un orden social caduco están llenos de simpatías hacia las justas aspiraciones de las clases trabajadoras … La desconfianza con que nos miran los protagonistas de estas aspiraciones reposa sobre malentendidos debidos a extravíos accidentales de los que ciertos individuos o medios eclesiásticos reaccionarios … se han mostrado culpables en el pasado» (118-119).

A estos cristianos progresistas Kolnai les recuerda que «el César marxista se define por su concepción monoteísta: es decir su función de ser adorado, en una entrega absoluta y sin reserva, como única divinidad, que se confunde por lo demás, con la humanidad y la sociedad organizada, ídolo único de una teocracia total y del todo terreno» (121). Pero además asimila el error de esos cristianos al pietismo que, queriendo «hacer vivir al hombre en las nubes, sacrificando las cosas terrenas a una tibia nivelación y reduciendo la moral y la política a un estado de indiferencia, es frecuentemente debido al error sectario que tiende a rebajar al catolicismo al nivel de una necesidad particular de los católicos; a una confesión más, o sea un grupo entregado un conjunto de prejuicios tradicionales que exigen ser respetados como cualquier otro interés de grupo. De aquí el doble error … de quienes pretenden que, desde el punto de vista de la religión, sólo la religión cuenta, o que los católicos no deben mezclarse sino en aquello que los católicos atañe» (122-123).

El segundo error recuerda la actitud del catolicismo social y anticipa en cierto modo la teología de la liberación. Sus partidarios arguyen que «el comunismo en sí, es profunda e incurablemente anticristiano; pero al compartirlo, guardémonos de despertar la impresión de que combatiríamos forzosamente todo “comunismo” (en cuanto doctrina social y política), incluso un “ comunismo cristiano” si lo hubiera. Porque entonces combatiríamos al comunismo no en cristiano, sino en reaccionario, o en cualquier caso, como “políticos” o servidores de prejuicios económicos, más que como defensores de la fe religiosa».

Según Kolnai quienes así argumentan se engaña sobre la naturaleza del comunismo, que no es como ellos creen «una cosa buena o indiferente, a la que, de un modo secundario y por desgracia … se mezclase un perverso elemento de irreligión. Al contrario, es una cosa absolutamente mala en sí, sin que haga falta considerar su actitud explícita con relación a Dios y su culto, a la fe y a la Iglesia; y es una cosa tan sumamente mala en sí, porque su motivo central  es el ateísmo y el anticristianismo tomado en toda su amplitud. Todo el que procura rebajar la talla de este enemigo a una medida de irreligión y anticlericalismo técnico, por así decirlo, falsea la cuestión desde el principio y rodea al objeto en lugar de penetrar en él» (127).

La tercera actitud errónea surge del enfoque individualista, o personalista, que sostuvo Maritain cuando se encandiló con la democracia americana y se convirtió en adalid del anticomunismo. Sus defensores argumentan lo siguiente: «el comunismo es un materialismo llevado al límite. Reduce al hombre al estado de máquina … Pero el hombre nunca estará enteramente satisfecho con la sola prosperidad material … Intentemos ante todo, devolverle la conciencia de que tiene un alma, despertar en él sentido de la individualidad … Presentemos, ante los ojos del hombre prisionero del imperio comunista, la imagen del hombre occidental, libre mientras él es esclavo» (130).

Kolnai no puede evitar chotearse de espiritualismo del capitalista que emite semejantes críticas: «los burgueses, transpirando idealismo e insultando al comunismo, son un espectáculo demasiado regocijante para no provocar la sátira». Pero luego, precisa cuidadosamente su crítica de esta versión del anticomunismo: «sin duda es justo y necesario atacar el materialismo y el maquinismo comunista, pero a condición de que no se crea con eso haberlo hecho todo», pues resulta «peligroso combatir al comunismo principalmente en nombre del individualismo, o para emplear un término más solemne, más pretencioso y más de moda, del personalismo. … En el plano histórico, es el propio individualismo quien ha provocado, a través de la concepción de una voluntad del pueblo unitaria y masiva, el comunismo; quien ha abierto el camino de la omnipotencia estatal … El individualismo ha decretado que el hombre es la medida de todo». Ahora bien, «la entidad real que se precia de representar a la humanidad colectiva organizada, a la humanidad integrada en un sujeto propio dotado de una conciencia y de una voluntad única y claramente definida, no es otra cosa que el partido comunista» (133-136).

A la vista de cierta simpatías que la más alta jerarquía eclesiástica ha manifestado recientemente hacia la teología de la liberación e incluso hacia líderes y gobernantes comunistas, sin excluir al propio Pablo Iglesias, cabe esperar cualquier cosa de las jerarquías subordinadas de la moderna sociedad eclesial, si repiten la indiscreción de dar una recomendación de voto a los católicos. Todo es posible, salvo, desde luego, la solución que todas estas actitudes pseudo-católicas llaman reaccionaria.

Este desolador panorama empuja de la manera más natural a que los católicos abandonen el combate. Semejante abominación era desconocida y probablemente inimaginable para Kolnai. Sin embargo el ya detectó unaúltima tentación pseudo-religiosa cuyo atractivo no deja indiferente incluso al tradicionalismo. Es la tentación de las «élites de los espíritus cultivados», que «se mueven en un plano infinitamente superior» al de las otras posturas pretendidamente católicas. «¿Vale la pena combatir al comunismo —dicen sus defensores— para salvar la civilización contemporánea? ¿Acaso no expresa el comunismo su esencia mejor que cualquier otro régimen? ¿No será el azote que necesita el mundo degradado, y religioso, insensible a los valores, esclavo del confort material, de las apariencias de la cantidad y de la máquina? ¿No es acaso la plaga que merece este mundo? El tipo de vida norteamericano, cuyo único rival poderoso es actualmente el comunismo, ¿acaso no es un enemigo tan importante como el comunismo, aunque más insidioso, más disimulado, más tentador para la mayoría de los hombres y, por lo mismo, más eficaz y peligroso a la larga?».

Kolnai no podía prever el nuevo orden mundial que representa el grado superlativo de depravación, de esclavitud de corrupción a que puede llevar el espíritu americano tan lúcidamente descrito por Juan Manuel de Prada enDinero, demogresca y otros podemonios. Sin embargo, siguen siendo válidas las objeciones de Kolnai a las élites apocalípticas. En primer lugar recuerda que no podemos despreciar el principio cristiano del mal menor (principio que, dicho sea de paso, sólo es aplicable cuando no hay otro remedio posible y que es, por ello mismo, inoperante en el sistema electoral fundado en encuestas que dan a conocer lo previsible, no lo posible). «No somos Dios —señala Kolnai— ni siquiera bienaventurados, sino hombres in statu viae, que, aunque seamos libres para huir del pecado, siempre estamos sometidos al imperio del mal … En cuanto a los que insinúan que el régimen progresista industrialista de la democracia occidental, comparado con el régimen comunista, no representa siquiera ni el mal menor, estamos tentados a aconsejarles una documentación, ampliada después por la experiencia personal en un mundo en el que no se atrevería apenas a comunicar sus pensamientos íntimos a su mujer, por miedo a que el portero —o alguno de sus propios hijos— pudiese escuchar tras la puerta; en que no se atreverían asistir al culto —suponiendo que esto fuese físicamente posible— por temor a perder, con toda probabilidad, su pedazo de pan en este mundo, aprenderían muy pronto a apreciar el anticristianismo insidioso, el totalitarismo disfrazado, la libertad desvalorizar de este mundo occidental del que están descontentos, y con razón, a pesar de todo».

Pero además y sobre todo les recuerda que es un error «querer abarcar con la mirada el conjunto de la historia futura, lo cual conduce fácilmente a la decisión de no hacer nada» (162). «El hombre es un agente que realmente actúa en la historia, pero no es su dueño; llamado a prestar su concurso a las operaciones de la providencia, no es su autor, ni siquiera, ordinariamente, el intérprete esclarecido. No le está concedido tampoco edificar, conscientemente y a propósito, para un mundo distinto del suyo: para un mundo del porvenir que rompiese la continuidad con su propia sociedad y que hubiera de construirse sobre sus ruinas. Cualesquiera que sean los vicios de que podemos acusar con justicia a nuestra civilización, no tenemos el derecho de desempeñar con ella el papel de ejecutores de la cólera de Dios, ni —lo que viene a ser lo mismo— anticipar con delectación su destrucción por considerarla inevitable» (162-163).

«Sin duda alguna, la subversión cósmica [que supone el comunismo] está llamada a un fracaso cierto. Pero la réplica victoriosa de Dios se hará por “causas segundas”: bien a través de reacciones humanas, mediando fuerzas humanas imprevisibles hoy día; bien por el contrario, utilizando las ahora conocidas, que operarán despreciando los consejos que acabamos de citar…  El imperio infernal, instituido sobre esta tierra no alcanzará sus últimos objetivos; pero es porque su misma invencibilidad será un día truncada por aquellos que no sólo negarán sus fines últimos sino que además experimentarán el placer de combatirlos» (33-34).

José Miguel Gambra

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