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Depravación esencial

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Uno de los más inquietantes síntomas de la disolución moral que padece nuestra patria es la mansa serenidad con que se observa la irresistible ascensión de Podemos hacia las más elevadas instancias del gobierno. Casi nadie se atreve a decir lo que es evidente: la cúpula de Podemos es marxista y lo es de una manera peculiar, que no tiene nada de especialmente tranquilizador. Sus dirigentes son teóricos puros, marxistas de libro, salidos de la aulas de la UCM, ajenos a cualquier experiencia política real fuera del campus universitario. Sin embargo, a diferencia de otros marxismos académicos, han logrado realizar el sueño de todo teórico de izquierdas: conectar y verse entusiásticamente apoyados por gentes ajenas a la universidad y especialmente por eso que llaman las masas trabajadoras. Esto diferencia a Podemos, no sólo de los movimientos intelectuales de izquierdas, incapaces de una acción revolucionaria con un mínimo de calado, sino también de los partidos comunistas pacíficamente asentados dentro del sistema democrático, y de los movimientos populistas, más o menos desnortados en origen. Porque Podemos une una evidente capacidad de movilización a una teoría de gran pureza marxista, directamente sacada de los textos, que sus gerifaltes, doctrinarios de cabeza geométrica, parecen dispuestos a aplicar, manual en una mano y cuerda de guillotina, en la otra.

Las predicciones siempre son arriesgadas. Cabe también que, a fin de cuentas, Podemos pierda fuelle o que sea absorbido por el sistema. Pero sería estúpido no tomar en serio una amenaza inminente, pretextando que quizás sus cabecillas sean torpes y no logren su objetivo. Los de Podemos han movido ficha, como ellos mismos dicen, y su contrincante más directo y natural, el catolicismo, dormita ante el tablero. Una de las posibles explicaciones -no la única- es que a estas alturas se ignore qué es el comunismo y lo que entraña.

Para hacerse una idea del peligro que supone el marxismo resulta bastante inútil enumerar los conocidos horrores que invariablemente han acompañado a su implantación. Los que están imbuidos de esa ideología entienden que son invenciones de una propaganda tendenciosa o efecto de las desviaciones, siempre posibles, del auténtico programa de Marx. Y los que, sin ser marxistas ni conocer las complejidades de su pensamiento, están dispuestos a darles una oportunidad ven en esos horrores un daño colateral, un accidente que no tiene por qué reproducirse. La propaganda marxista, técnicamente admirable, ha logrado que muchos  tengan a los comunistas por gentes bienintencionadas, que defienden una causa justa, aunque algunos de sus líderes, como Stalin, hayan cometido equivocaciones. En un extenso informe sobre la situación del marxismo veinte años después de la caída del muro de Berlín, Paul Hollander atribuye a esta manera de pensar, tan extendida, la llamativa disparidad de atención y de juicio que han merecido las atrocidades del régimen nazi y las de los regímenes marxistas.

Pero la verdad es muy otra: las consecuencias desastrosas del comunismo no son efecto imprevisible, secundario o accidental de esa clase de regímenes, sino que surgen necesariamente de su propia naturaleza. Entre las muchas condenas que la Iglesia ha lanzado contra el comunismo, el escrito magisterial más importante es la encíclica Divini Redemptoris de Pío XI, promulgada en 1937. Su contenido puede sintetizarse, como tantas veces se ha hecho, por medio de la frase que califica al comunismo de “intrínsecamente perverso”. Frase cuyo significado, quizá por repetición se ha trivializado hasta perder buena parte de su contenido.

La perversidad no es un mal cualquiera. Un mal físico, como una enfermedad nunca puede ser  perverso. Sólo cabe la depravación, la perversidad o maldad suma, en la acción voluntariamente desordenada, es decir, en el pecado y en las doctrinas que lo enseñan, como las herejías  o el marxismo. Y, dentro de eso, es perverso de manera intrínseca lo que tiene esa maldad supina de manera esencial, constitutiva o radical; y no de forma parcial, consecutiva o accidental.

Otros regímenes, reinados, gobiernos o sectas políticas han perseguido a la Iglesia, han actuado contrariamente a la moral natural y revelada o han promovido el ateísmo o el indiferentismo. Muchos de ellos han sido sancionados con penas canónicas por la Iglesia, que no se anduvo con chiquitas a la hora de calificarlos. Pío IX llamó doctrina pestilencial al socialismo y al comunismo, León XIII dijo que el espíritu del liberalismo era una rebelión contra Dios y Pío XII declaró que el nacionalsocialismo era radicalmente opuesto a la Iglesia Católica. Pero, que yo sepa, hasta que el marxismo se apoderó de extensas partes de la sociedad humana y mostró su verdadera faz, ningún régimen o doctrina política ha merecido la reprobación absoluta, total  e insuperable, que supone el calificativo de intrínsecamente perverso.

La razón se halla, como dice Pío XI, en que con el comunismo “asistimos, por primera vez en la historia, a una lucha fríamente calculada y cuidadosamente preparada contra todo lo que es divino” (DR, §22). Y es que el marxismo no constituye uno de tantos ataques contra la iglesia, ni una de tantas herejías o rebeliones contra Dios, sino que pretende sustituir a Dios mismo y ejercer sobre los hombres y la sociedad humana un remedo de la Providencia divina. Como Dios tiene contados cada uno de nuestros cabellos y nada escapa a su mirada, así el comunismo pretende unificar la vida de los hombres y de la sociedad entera, controlar su acción y su pensamiento de manera que toda obra, toda opinión, todo anhelo y trabajo se encamine a la totalidad encabezada por el partido, que supuestamente desparecerá para dar paso a la sociedad comunista.

Con palabras de Aurelio Kolnai, ese luchador infatigable contra  nazis y comunistas: “el satanismo marxista sólo busca apoderarse del hombre entero, al que se propone refundir para hacer de él, en lugar de la imagen imperfecta de Dios como es en realidad, un simulacro “perfecto” de la divinidad que él cree inexistente, una pura encarnación y materia de la Voluntad Única, actuando en la tierra, que será humana, y sustituirá a la voluntad de Dios. Indudablemente ninguna dictadura totalitaria podría remodelar de nuevo o recrear el alma de gran número de los hombres; pero sí será capaz de doblegar a la mayoría de los ya existentes, y, sobre todo, hará de nuestros hijos, si no todo lo que quiere, sí, al menos lo que nosotros no querríamos”.

El comunismo sueña con un hombre identificado con la comunidad y la naturaleza, libre de todo cuanto le aliena, es decir, de todo lo que por naturaleza le pertenece y le une al mundo y a la realidad concreta; libre de propiedad, de patria, de familia, de moral y de costumbres; pero, sobre todo, libre de Dios, que, como ya dijo Feuerbach, no sino reflejo de la humanidad misma. Para refundar al hombre conforme a esa imagen satánica, el comunismo, incapaz de transformar la naturaleza humana, sólo puede violentarla, recurriendo al terror llevando a cabo “una destrucción tan espantosa, realizada con un odio, una barbarie y una ferocidad que jamás se hubiera creído posible en nuestro siglo” (DR, §20)  y empleando, para encubrirla, “una propaganda realmente diabólica” (DR, §17), fundada en la mentira y la hipocresía.

No hace falta enumerar sus consecuencias ni reunir muchas pruebas. La sola consideración de lo que implícitamente conlleva el pensamiento marxista predice los frutos de muerte y desolación que siempre ha producido. Por eso, Pío XI, refiriéndose a las barbaridades del comunismo ruso, mejicano y español, pronuncia su sentencia definitiva: “No se puede afirmar que estas atrocidades sean un fenómeno transitorio que suele acompañar a todas las grandes revoluciones o excesos aislados de exasperación comunes a toda guerra; no, son los frutos naturales de un sistema cuya estructura carece de todo freno interno” (DR, §21). De lo cual concluye:

El comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana. Y si algunos, inducidos al error, cooperasen al establecimiento del comunismo en sus propios países, serán los primeros en pagar el castigo de su error; y cuanto más antigua y luminosa es la civilización creada por el cristianismo en las naciones en que el comunismo logre penetrar, tanto mayor será la devastación que en ellas ejercerá el odio del ateísmo comunista” ((DR, §60).

Bueno sería que hoy lo recordara todo el católico, del más bajo al más encumbrado.

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