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Cambalache: Facebook en la pluma del Padre José Ramón García Gallardo

facebockQue Facebook “fue y será  una porquería, ya lo sé”*. No parece necesario probar que esta red social es un genuino engendro revolucionario, pero sí es imprescindible  saber que es revolucionario no tanto por su tecnología y concepción, sino fundamentalmente por su espíritu. En ella, un cúmulo de individuos carentes de identidad personal, en igualdad matemática (mil quinientos millones de usuarios), disueltos ya sus vínculos naturales y lazos espirituales, sin fronteras ni ley, sin referencias ni jerarquías, se aglutinan por obra y gracia del utópico ideal de “libertad, igualdad y fraternidad”. En ella los miembros de una humanidad desmembrada intentan reconstituirse. En ella cada usuario es utilizado por el mismo sistema y se le permite, por el momento, ejercer una cierta libertad; y, para que exista, se le otorga un sitio virtual que le hace arte y parte de una aldea global donde gozará por un instante de una fraternidad artificial.

Es un espacio en el que todos se pueden expresar con total libertad, con espontánea naturalidad, semejante a la que brinda la intimidad de cierto lugar de la casa. Es realmente fascinante y maravilloso, porque permite el pleno ejercicio de la libertad: libertad de expresión e impunidad de agresión, sin tener en cuenta si se infringe alguna prohibición, sin coacción de ningún orden. Cada quien puede decir todo lo que siente sin tener que pedir permiso ni rendir cuentas a nadie. Es un lugar donde el “me gusta” del  ego de cada usuario es absoluto, un circo virtual donde su pulgar imperial decide si aprueba o desaprueba si el otro vivirá o morirá en la arena martirial. Se puede halagar a un usuario con algún interés o simplemente despreciarle con indiferencia mortal. Enmascarado tras un seudónimo, se puede ensuciar alguna reputación, despojar tal o cual honra, propagar esta o aquella calumnia y expandir la murmuración. En este comercio se puede consumir sin moderación ni restricciones prudenciales que moderen la ambición, el orgullo o cualquier pasión, y el usuario se muestra y se vende a sí mismo con tal de conseguir aceptación. Es un espacio donde se respeta la gramática tanto como al prójimo; donde el lenguaje soez o la foto lasciva solo corren el riesgo de recibir un emoticón reprobador.

No solo se encuentra aquí la libertad: en este panteón habita también la diosa igualdad. Sí, en este mundo virtual todos son iguales: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador. ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! Lo mismo un burro que un gran profesor. No hay aplazaos, ni escalafón, los ignorantes nos han igualao. Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, Rey de Bastos, caradura o polizón”*. Aquí todos gozan de la igualdad democrática, todos tienen el mismo valor y si alguno se atreve a sobrepasar el nivel de lo políticamente correcto, luego de soviética delación será expulsado para siempre del paraíso virtual cerrándole  las puertas de esta galaxia artificial. Aquí se levanta un cadalso a las jerarquías y  a la igualdad un trono. En Cambalache se dice que es “Lo mismo un burro que un gran profesor”3, pero aquí  burro se debe tomar en sentido literal y no metafórico, ya que la realidad es que en Facebook  la mascota es miembro a parte entera de esta promiscua igualdad; sus fotos,  sus gracias y proezas, nos muestran a qué grado llegó esta nivelación igualitaria, paridad lograda por  la humanización de los animales y la animalización de los humanos, y como si fuera poco ya llegan los veganos a igualar la  lechuga con el gato y al gato con  “Don Bosco y La Mignon”*.

Esta red social es también el espacio propicio de la utópica fraternidad que se proclamó en la Bastilla, cimentada en el odio y la sangre: “Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos“*. Una fraternidad que tiene un papá, el de la mentira, y una mamá ligera… ligera. Una fraternidad pasional que se inflama con voracidad y se apaga a gran velocidad. La sociabilidad suscita amigos virtuales, contactos aleatorios u ocasionales, placebos para las necesidades más profundas y más naturales. Una fraternidad cosmopolita en la que millones de individuos buscan mitigar la soledad, unos y otros unidos por lazos de compasión y comprensiones sin compromiso, paliativos existenciales que salvaguardan el egoísmo y el confort personal. Aquí es donde, abandonados de Dios y de los hermanos, todos los que están o se sienten solos se comunican, encuentran consuelo y se manifiestan solidaridad sin nada que los comprometa.

Es sin duda la composición de lugar ideal para que el caos revolucionario produzca sus desgracias de confusión, desorden, mentira e injusticia. Es una polea de multiplicación vertiginosa que, sin dependencia de la realidad, dispensada del fundamento “in re“,  transportándose el usuario al alucinante mundo del disparate, lleva al paroxismo las consecuencias del pecado original. Ninguna manifestación virtual y revelación confidencial ante el público anónimo lo será jamás para Facebook, que los conservará hasta el juicio universal, con el agravante de escándalo que da el hecho de hacer público lo privado. Aquí ventilar a los cuatro vientos los vaivenes del ánimo  refleja el patético cuadro de la inmadurez afectiva y psicológica del adulto moderno. Es un lugar donde se entrega  gratuitamente el fuero interno al mundo y a la posteridad, y gracias a las cookies se revelan al mercado todos  los gustos del usuario-consumidor. Aquí se desnudan las miserias personales sin vergüenza ni pudor, sin arrepentimiento ni propósito de enmienda, sin absolución ni perdón: con asombrosa ligereza, vergonzosa espontaneidad y compulsiva sinceridad, que paradójicamente jamás se atreverían a confiar al sigilo sacramental del confesionario.

Es una sociedad de bombos mutuos que alimentan los fans con el halago hipócrita o con la injuria gratuita, y a favor o en contra, en caótica dialéctica, se congregan de manera fortuita a tratar temas variopintos. Con desfachatez y cruda sordidez se exponen las intimidades de unos y de otros sin árbitros de justicia ni caridad, se hacen juicios temerarios y tras procesos sumarios se condena a pena capital. Es el jardín de Susana donde se esconden perversos corazones, aquí es donde hacen “grooming” manadas de lobos  que acechan con inconfesables intenciones la incursión de incautos corderos que perderán vida e inocencia lejos de sus pastores. Es la ventana de David, la terraza de Betsabé, la que fue esposa de Urías.  Aquí es donde una seductora hace “sexting” y, detrás de la pantalla, adultera corazones con un “se mira y no se toca”, inoculando en las almas el peor de los “malware”  que inventara el “hacker” infernal. Un lugar donde eliminar un contacto indeseado no va contra el quinto mandamiento; ni es delito corromper a los inocentes: a nadie se le arrojará al mar con una piedra de molino; donde se permite la propuesta indecente y donde la pureza, la modestia y el pudor fueron desterradas a otro continente; donde nada es pecado porque de este universo también Dios ha sido eliminado.

Aquí todo es urgente e inmediato, no hay tiempo para la espera y el juicio maduro y reposado, reina el vértigo, solo hay precipitación. Al contrario del buzo, que profundiza en el silencio y la soledad, el usuario de Facebook se asemeja al surfista. Como éste espera que nazca una nueva ola para poderse encaramar, floater y grindar a gusto y placer, realizar piruetas y deslizarse, así el usuario está atento al chat que se inicia y pronto se transforma en debate, crece rápidamente, se encrespa airosamente y parece que a su paso pudiera arrollar con todo, pero finalmente termina por estrellarse contra alguna roca o muere, sin pena ni gloria, en las estériles playas de la nada. Una y otra vez, sin solución de continuidad, las conversaciones del chat se volverán a levantar, a crecer y avanzar para morir de nuevo como les pasa a  todas las olas del mar.

Un lugar para el cual la distancia no es un obstáculo, pues borraron todas las fronteras, en donde  Cronos parece no correr, se vive en un hoy sin ayer y sin mañana, un presente sin pasado ni futuro. Aquí sí pasa algo muy grave, aquí pasa el tiempo y lo perdemos para siempre, y el ocio que antes podía ser recreativo  o filosófico hoy, gracias a Facebook, se vuelve estéril y vacío.  La huida es una pasión que apremia con urgencias compulsivas a evadir la triste y cruel realidad, a olvidar los aburrimientos de la rutina doméstica, a desertar del deber de estado hacia el abismo de la nada que obsesiona y posee, haciendo de Facebook una guarida de cobardes que huyen de la realidad y evitan la actualidad. Facebook es también el lugar donde la causa más sagrada se profana y  la más noble se envilece, lo fútil es trascendente y lo trascendente fútil; donde las causas más absurdas y las doctrinas más peregrinas, discusiones bizantinas, llevan y traen; donde tumultuosas corrientes pasionales pletóricas de odio y amor se levantan de la nada y en la nada caen; donde la frivolidad en los conceptos, efímeros destellos de verdad, se ahogan en un caótico tsunami de opiniones que no es otra cosa que la venganza implacable por el mismo hecho de haber aumentado su caudal.

La imaginación es la reina de esta casa y sus más fieles vasallos (el gif, el vídeo y el meme) no necesitan lógica ni argumentos para cortocircuitar la razón y subyugar el corazón. Aquí todas las opiniones tienen el mismo peso de la vacuidad y llevan impreso el sello de la frivolidad. Aquí se puede cotillear y curiosear en la intimidad de quienes solo se atreven a ser ellos mismos en esa playa nudista que es Facebook, donde millones de fisgones solazan su curiosidad ante una desnudez aún más mórbida que la física: la moral.

Fascinante, como un ángel de luz que emerge de las tinieblas, es ese Facebook que invita a vivir en el paraíso virtual que se fundó con el primer “like” que registró Adán cuando le dijo “me gusta” a la manzana de Eva y, como a Eva, al usuario también le puede la curiosidad.  Facebook  hace pensar al usuario que es profeta de un paraíso virtual al que tal vez se parezca un día el mundo real. Una aldea global donde todos pueden ser como dioses, fundadores de una ciudad virtual sin fronteras, creada de la nada, dominio del príncipe de este mundo, del padre de la mentira, a quien a cambio de humo se le entregó la intimidad y el fuero interno, que no solo guarda un álbum con los retratos de los usuarios, sino que tiene en su poder aún más que una hoja de vida: un libro entero con sus biografías.

Es el nudo gordiano de la triple concupiscencia: todo lo que hay en Facebook es concupiscencia de la carne, de los ojos y orgullo de la vida. Vitrina de vanidades, de trajes y de viajes; mostrador de frustraciones, pañuelo de emociones y muro de lamentaciones, diván de psiquiatra o banco de la plaza; donde se dice lo que se piensa y se cuenta lo que se hace, sean alardes de la gula en la mesa o de la lujuria y sus impurezas, donde se muestra con orgullo lo que da vergüenza. Aquí ciertos amores sí tienen cabida porque la esterilidad está garantizada. Aquí el alma engaña su sed de infinito y en la mentira se ahoga su sed de verdad; iluminan su camino relámpagos fugaces, las pasiones se desatan y llevan el alma muy lejos de sí. Aquí se postergan “sine die” los deberes importantes y las obligaciones urgentes. Detrás de la pantalla se hallan legiones de desertores que solo son bravucones lejos de la metralla. Es sorprendente tanta mamá lejos del hijo y tanto hijo lejos de su papá, sufriendo con frecuencia el “ciberbullying” y sus consecuencias irreparables; tanta esposa lejos de su marido y tanto marido lejos del ideal. Es un escándalo tanto religioso enredado por las redes, tan lejos de Dios y de la  comunión de los santos;  una pena y dolor ver a los amigos tan lejos de la sinceridad. Facebook es sin duda una cloaca de universal miseria en que pareciera que cada uno aportara lo peor de sí.

 Aquí todo anhelo se contenta, aquí se puede ser el héroe de sangrientas batallas, ser un santo en los más diversos altares, profeta de todas las religiones, atleta de todas las pistas, adalid de causas perdidas, sabio en todas las materias, y un halo de  gloria se irradiará como un rayo por la red. Pero toda esta gloria y este poder se te otorgará a una sola condición: que sea virtual.

Facebook es una revolución perenne donde la igualdad democrática destrona la jerarquía e impone el caos en las armonías del Creador. Donde las libertades de perdición aniquilan la verdad que hace libres a los hijos de Dios. Donde, por carecer de vínculo natural, la fraternidad se perdió. Donde el diluvio global de caos, guerra, mentira, odio y pecado ahoga la gracia, la verdad, el orden, la paz y el amor. “¡Dale, nomás…!  ¡Dale, que va…!  ¡Que allá en el horno nos vamo’a encontrar…!”*.

No seas como las vírgenes necias, cuyas ensoñaciones les condenaron a la más trágica y cruel realidad, donde ya no habrá más tiempo para multiplicar los talentos que granjean al siervo fiel la eterna felicidad. Para permanecer en la verdad ponte a salvo de la virtualidad y así podrá la inteligencia adecuarse a la realidad. Afrontando la realidad concreta  gracias a las fuerzas de tu voluntad pondrás en acto todo tu potencial al servicio del bien propio y común. Admira con tus sentidos las maravillas del Creador, medita con tus potencias los misterios del Señor, sé dócil y sigue las inspiraciones de su plan de amor, porque todo lo demás es vanidad de vanidades, solo vanidad. Ponte a salvo de la civilización artificial, aléjate de esta marea que te arrastra mar adentro lejos de la realidad, regresa a ella, vuelve pronto antes que la orilla te quede demasiado lejos. El Dueño de la viña hoy te invita a trabajar por un mundo mejor, un mundo real. Deja que los muertos entierren a sus muertos. Apaga y vámonos hacia la plenitud de la unidad, la verdad, la bondad y la belleza que solo se encuentran en Dios.

P. José Ramón García Gallardo

*Tango “Cambalache”. Enrique Santos Discépolo. 1934.

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